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30/08/2007 a las 01:59 | Publicado en 08) Archivo: Cátedra Ernesto Che Guevara (1997-98) | Deja un comentario

Cátedra Ernesto Che Guevara – Universidad Nacional de La Plata.
Sábado 1º de noviembre de 1997. 18 hs. Aula 1 del ex Jóckey Club (48 e/6 y 7).
LA INFLUENCIA DEL CHE Y LA REVOLUCIÓN CUBANA EN AMÉRICA LATINA.
Ricardo Napurí, Manuel Gaggero, Envar El Kadri.

Guillermo Cieza:
Buenas tardes. Iniciamos la clase 11 de la Cátedra Ernesto Che Guevara. El tema de hoy es “La influencia del Che y la Re­volución Cubana en América Latina”. Están presentes los docen­tes Ricardo Napurí y Envar El Kadri, y estamos espe­rando a Ma­nuel Gaggero.
En esta semana de finales de octubre, un 28 de octubre, más precisamente, de 1959, fallecía Camilo Cienfuegos, que fue uno de los grandes líderes de la Revolución Cubana.
Vamos a iniciar la Cátedra hoy desarrollando estos temas y siguiendo con el mismo método que hemos seguido hasta el pre­sente, es decir, los panelistas tendrán una exposición de 30 minu­tos y después dejaremos lugar a las preguntas o a los apor­tes que se quieran hacer desde el público.
Ricardo Napurí fue aviador militar del Perú, fue expulsado de las fuerzas armadas en 1948, fue colaborador del Che en los pri­meros años de la Revolución Cubana, fue fundador de los parti­dos Vanguardia Revolucionaria y MIR, fue diputado y se­nador en Perú, y ac­tualmente es dirigente del Movimiento al Socialismo. Él va a iniciar la clase de hoy.

 

Ricardo Napurí:
Agradezco a los organizadores de la Cátedra Che Guevara y sa­ludo, también, con la mayor cordialidad a todos los presentes. No quisiera empezar sin decirles que el Che ya está en Cuba, cosa sabida por todo el mundo, y que a raíz de la conmemora­ción de los 30 años de su muerte más que nunca los jóvenes y sus amigos del mundo lo sienten vivamente. Y hacen bien los jóvenes en sen­tirlo por razones propias, por lo que el Che tra­sunta, no solamente por lo que se sabe de él, de la gesta de la Revolución Cubana, sino lo que sienten los estudiantes, jóvenes y trabajadores de sus calidades personales, honestidad, su con­dición de incorruptible, su hombre antisistema, es decir, esas cosas que hoy tienen un va­lor inapreciable al comprobar los elementos de desagregación y corrupción no solamente de la sociedad actual sino incluso de los que hablan en su nombre, fundamentalmente los políticos. Pero hay también la necesidad para jóvenes o no jóvenes, para los es­tudiosos, para los que asumen una militancia política, de hacer una reflexión, como seguramente se viene haciendo en la Cátedra, de no solamente lo que fue la Revolución Cubana sino en ella el quehacer del Che, es decir, la trascendencia que el Che tiene en la revolución en América Latina, su participación en una Revolu­ción que de específica parece a algunos excepcional, como lo ha sido la Re­volución de octubre de 1917, que no ha tenido conti­nuidad, y la comprobación que tampoco la Revolución Cubana ha tenido continuidad. Ese hecho obliga a una reflexión profunda. Pero también es necesario que nos detengamos porque una plé­yade de investigadores, de sociólogos, de politicólogos, incluso re­presentantes de organizaciones políticas, parecen asumir y decir que el Che habría sido un hombre del mensaje de la década del 60-70, y que sería el más universal de los representantes de Amé­rica Latina de ese proyecto revolucionario del 60-70, pro­yecto que no sería vigente hoy en el 90, en la época de la mun­dializa­ción, en la actual fase del desarrollo capitalista y del im­perialismo en el mundo. Es entonces, retomar estos elementos a forma de conclusión hacia el final para ver si es así o no, por­que tiene su importancia. Si el Che hubiera sido el más univer­sal de los revo­lucionarios de la década del 60 y 70 pero lo con­gelamos en esa historia, qué queda entonces del mensaje del Che para hoy. ¿Es vigente o no es vigente?. Esto tiene una im­portancia decisiva para no solamente quienes se animan a pen­sar, a reflexionar y a com­batir contra el sistema sino incluso los que quieren llegar a re­flexiones profundas sobre el tema.
Yo pongo un acento en mi exposición porque, como ha di­cho el compañero, en alguna forma soy actor y testigo de este mo­mento, de esta fase del 60-70, y he tenido la suerte, el orgu­llo de haber trabajado con el comandante Guevara varios años, varios años importantes para mí, varios años que eran impor­tantes tam­bién para América Latina. Entonces, tengo una ver­sión fina del Che, en los años 59, 60, 61, 62 hasta el 63, y he­mos discutido abundantemente a raíz de temas donde los ar­gentinos, incluso, en alguna forma, tienen participación. En las discusiones con Alicia Eguren y John William Cooke, los diri­gentes de la izquierda pe­ronista asilados en ese momento en Cuba, para discutir sobre las condiciones de Argentina y el por­venir de la revolución en Ar­gentina. Con el doctor Silvio Frondizi, mi maestro en ese enton­ces, por el cual di una batalla para que fuera a Cuba, porque ha­bía sido vetado por Carlos Ra­fael Rodríguez y la gente del Par­tido Socialista Popular, acu­sado de trotskista. Con Silvio Frondizi el Che discutió el pro­blema internacional, la concepción de Sil­vio, la integración mundial capitalista y la hegemonía norteame­ricana, y la pri­mera discusión elaborada respecto de la posición del Che frente al stalinismo y las burocracias. Es decir, temas im­portantes. Y la más profunda de todas las discusiones, la más larga de todas, por el compromiso que asumimos Luis de la Puente Uceda, que después sería el jefe de la insurrección en el Perú, el dirigente del APRA Rebelde, una fracción escindida del partido aprista del viejo líder histórico Raúl Haya de la Torre y más cercana­mente del presidente Alan García, que ustedes cono­cen, para discutir el proyecto de la exportación de la revolución en Perú, es decir, de hacer una o varias guerrillas en Perú, y que lo que nos permitió discutir problemas que tienen que ver, como el Che entendía, la realidad de nuestros países sobre todo, y como ustedes conocen desde que se motivó profundamente cuando fue en 1953 a Bolivia y pudo comprobar una revolución victo­riosa, la del 9 de abril de 1952. Pero sin embargo por todos los testi­monios particulares y los que han hecho sus biógrafos, que él creyó que era una revolución campesina y no se dio cuenta que era una revolución obrero-popular todavía, porque por su forma­ción política él no estaba en condiciones, todavía, de dis­cernir profundamente. Pero también por lo que se ha contado respecto de sus reflexiones en Guatemala con el movimiento democrático, que deviene antiimperialismo y después en revo­lución antiimpe­rialista, del gobierno del coronel Jacobo Ar­benz, agredido por Es­tados Unidos con la complicidad de casi todos los países, salvo Argentina y México, es decir, el visto bueno de la OEA, con los mercenarios de Castillo Armas que invadieron desde Honduras, los 700, para provocar la caída de ese gobierno, y las primeras reflexiones importantes del Che. Entonces, yo tengo elementos testimoniales que en alguna forma, a pesar de lo apretado del tiempo, quisiera verterlos a us­tedes, no tanto para contarles las incidencias del proceso re­volucionario en Perú, aunque lo tocaré de paso, sino para ir más lejos en mi concepto, es una reflexión que yo considero profunda porque tiene que ver directamente con la pregunta si es posible o no que por las huellas de Cuba se pue­dan retomar en América Latina estas huellas y su mensaje, si se puede repe­tir esta experiencia, si esta experiencia no es posible hacerla, si hay nuevas condiciones que indiquen que hay que ir a otra cosa, en qué fase y momento estamos de todo proyecto de cambio revolucionario en América Latina.
Béjar, Héctor Béjar, el dirigente más ortodoxo de las guerri­llas peruanas, gran amigo de Cuba, un intelectual de nota en Perú hoy, acaba de escribir esto en Lima: Creo, dice, que los cubanos, incluyamos también al Che, no aprendieron de su propia histo­ria. De 1956 a 1959 ellos combinaron una gran cantidad de factores para poder ganar en Cuba. Pero esos factores no los tomaron en cuenta cuando elaboraron la le­yenda sobre ellos mismos. El movimiento de Fidel fue am­plí­simo, contó con res­paldo vasto, recibió incluso, como des­pués se supo, aporte de gente de Estados Unidos. Sin em­bargo, otra fue la leyenda de los discursos, la historia de los 12 que sobrevivieron al desem­barco del Granma y que triunfan en virtud de su habilidad mi­li­tar y su capacidad de ganarse a los guajiros. El mismo Che ha dicho, en 1959, que las guerrillas no podían tener éxito con­tra regímenes popu­larmente elegidos. Esto indica que hubo un tránsito, una concepción mental, un creer historias que no pienso que ha­yan sido fabricadas, no es ése el caso, sino que las circuns­tancias fueron modelando una imagen de sí mismo que no correspondía a lo que ellos habían sido, y la primera víctima de eso fue el Che. Me parece interesante tomar la cita de Béjar porque él combatió como líder de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, porque es amigo de Cuba, porque es un intelectual de nota, porque es un hombre reflexivo. Pero nota­rán ustedes que es una posición profundamente escéptica, donde él prácticamente no da curso de salida a la situación. Pero lo de él vale también para, como yo lo indiqué para otros que en América Latina, sin haber tomado las armas como las tomó el Ejército de Liberación Nacional y Béjar, han sido ami­gos de Cuba, se han reclamado del castro-guevarismo, han he­cho política de apoyo y de sostén a Cuba, han reivindicado, mientras el Che estuvo vivo y después, una adhesión a veces incondicional. Pero constatamos en América Latina un espectro que no condice con la posición ante­rior. Por ejemplo, la mayo­ría de los integrantes del Foro de San Pablo tienen una posición, con todos los matices, parecida a la de Béjar. Ya no son amigos de Cuba por el mensaje del Che del 60, ya no son amigos de Cuba porque se exportó la revolución, ya no son amigos de Cuba porque Cuba devino expropiando el capita­lismo y transi­tando el camino de una revolución socialista en ex­propiadora de todo el capital. No son amigos de Cuba, entonces, en la me­dida que el mensaje del Che, tomado al momento de la muerte del Che, “dos, tres Vietnam” o “revolución socialista o carica­tura de revolución”, invitaban a todos aquellos seguidores de Cuba o no a seguir las huellas de la Revolución Cubana. Un gran sector de la izquierda de América Latina se está reinte­grando al sistema por vía de su integración al régimen. Y la mayoría de ellos quedan casi con una posición residual, defen­diendo las con­quistas de la Revolución Cubana, haciendo la apología de su amistad a Cuba, pero abandonando las premisas, el diálogo, la reflexión respecto de si el mensaje del Che es vi­gente o no y, por último, prácticamente cayendo en la trampa de los que afirman que el socialismo no va más, del fin de la historia, de decir que ya no existirían condiciones revoluciona­rias en esta época de la fase de la dominación del capitalismo-imperialismo que levanten la bandera de la lucha por el socia­lismo en América Latina y en el mundo. Yo quisiera aportarles rápidamente, para dar una res­puesta a los Béjar de América Latina y a aquellos que en realidad no creen en la posibilidad de una revolución socialista en Amé­rica Latina, pero que con­sidero es muy importante comprender el carácter de la Revolu­ción Cubana para, comprendiendo este ca­rácter, ver si es posi­ble, sobre la base de esta comprensión, plan­tear alternativas en este momento de la lucha defensiva, en este momento del as­censo que se prepara en América Latina, en este momento de la opresión nacional de nuestros países por el impe­rialismo.
Yo quiero decirles rápidamente que en mi concepto, por com­probación in situ y por mis lecturas, Cuba es producto de varias particularidades, especificidades, que se combinan entre sí y que permiten la victoria de la Revolución Cubana, y des­pués su salto cualitativo hasta devenir en una revolución socia­lista que expro­pia el capital. Y es importante para tomarlo y dejar, por las hue­llas que deja y por las posibilidades que crea en nuestros países, porque Cuba efectivamente es un país espe­cífico cuando tenemos en cuenta su carácter de semicolonia, pero semicolonia en el área de Centroamérica y del Caribe, es decir, de la dominación del im­perialismo norteamericano, que era prácticamente el dueño de Cuba, y cuyos actos no voy a re­frescar porque ustedes los cono­cen, pero que sin embargo marca el carácter de la estructuración de clase. Y el caso de la burguesía con el gobierno o con los go­biernos anteriores, desde el 40 para adelante, sea con Batista, cuando fue un gobierno constitucional, con Grau San Martín, con Prío, y después con el golpe de Batista, es una burguesía que apa­rece manifestando su condición de tributaria a quienes tenían la hegemonía funda­mental sobre el país. La burguesía cubana está ligada y es tribu­taria del imperialismo norteamericano. Pero con Batista, des­pués del golpe del 52, por el carácter casi genocida de ese ré­gimen que obliga a Fidel Castro a tomar las armas para in­tentar el asalto al Moncada en la gesta del 26 de julio de 1953, la burguesía se escinde en una burguesía pro batistiana y una bur­guesía adversaria de Batista, que incluso asume el compromiso de participar en el frente democrático antidictatorial, donde la gue­rrilla de Fidel Castro y otras eran su brazo armado. Esto es muy importante para comprender por qué sectores de la bur­guesía participan, entonces, en la lucha contra Batista y en la gesta insu­rreccional de Cuba, cosa que no se ha vuelto a pro­ducir, prácti­camente, en América Latina.
El segundo elemento de especificidad de Cuba es la posi­ción de Estados Unidos frente a la insurrección cubana. Estados Uni­dos, que se mete en Vietnam, en Somalia, en Yugoslavia, en Pa­namá y en todos lados, sin embargo, frente a la insurrección cu­bana a 90 millas de Estados Unidos, asume una posición en va­rios tiempos. Primero apoya a su agente incondicional Ba­tista, después se declara neutral a través del embargo de armas, y fi­nalmente, después del fracaso de la convocatoria a eleccio­nes, en noviembre de 1958, por Batista, deja pasar práctica­mente a la in­surrección en curso. Y ni siquiera la maniobra del coronel Canti­llo que hace el embajador norteamericano es una maniobra con­victa de Estados Unidos, los deja pasar. No es normal, entonces, que una insurrección que triunfa a 90 millas de Estados Unidos no sea agredida por el imperialismo nortea­mericano, conociendo sus antecedentes, sobre todo el último en Guatemala, en 1954, a través del brazo armado del mercenario Castillo Armas.
Y la tercera, y más importante, que es que la dirección cu­bana, la del 26 de Julio, que podríamos caracterizar como una clásica dirección nacionalista pequeño-burguesa, va más lejos en la vía de su programa, en la vía de su conducta, en la vía de su combate, para a través de un salto, el salto del año 60, 61 y 62, enfrentar al imperialismo y expropiar todo el capital en Cuba, dando vida a una revolución socialista y a las posibilida­des de la construcción del socialismo en la isla. Digo esto por­que las con­secuencias para la reflexión, a partir de la cita de Béjar, son im­portantes en América Latina.
El Che, que según Paco Taibo, coincidiendo con lo que yo digo de mis experiencias con el Che del 60, dice en su libro: Ni los procesos de Moscú, ni el autoritarismo policíaco, ni los ku­laks, ni la persecución de los disidentes, ni el antiguerri­lle­rismo burocrático, ni la economía mal planificada, ni el mar­xismo de fachada de cartón y piedra de los rusos forma­ban parte de la cultura del Che en 1960. Eso es cierto. Casta­ñeda, Paco Taibo, o Lee Anderson, son suficientes los tres tex­tos para tener una composición total de todo el proceso de la Revolución Cubana y, sobre todo, la historiografía del Che. Casi no necesita­mos más de esos textos prolijos y densos. Pero lo que en esos tex­tos no aparece esto importante, por­que al Che le preocupó siem­pre comparar lo que en Cuba se es­taba ges­tando con la Revolu­ción bolchevique de 1917. El Che en la discusión con Silvio Frondizi y con Cooke, cuando noso­tros lo apuramos, cuando yo le doy La revolución permanente y se la hago leer, cuando el Che después de leer La revolución per­manente me cita al Banco de Cuba y me dice Trotsky tiene ra­zón, pero en su posición, porque él trabaja sobre el sujeto so­cial histórico y el sujeto social político es el proletariado, pero no es mi revolución, porque nosotros he­mos hecho una revolu­ción con otros sujetos sociales, donde el proletariado, como dice Trotsky, no es el sujeto fundamental. El Che, entonces, co­mienza a preocuparse porque él me dice tiene razón en el te­rreno donde las revoluciones pudieran tener como sujeto el proletariado aliado de otros sujetos bajo su disciplina, pero mi revolución es diferente, y yo quiero, si ustedes se animan a se­guirme como otro hacer la prueba de la vida, o sea, probarla en América Latina, porque no tengo otra experiencia con lo que hice con Fidel bajo su disciplina y lo que nos llevó a la victoria. Es muy importante, entonces, esto porque tiene que ver con lo an­terior. Si la Revolución soviética ha resultado una revolución ex­cepcional en la historia, sin continuidad, los elementos espe­cíficos de Cuba plantean también una excepcionalidad pare­cida. Porque si bien podríamos no animarnos todavía a decir que la revolución es excepcional, el hecho central es que des­pués de la victoria en 1959 no se ha producido ninguna revo­lución que haya producido el salto cualitativo que llevó a una revolución socialista y la ex­propiación del capital. Porque la Revolución Guatemalteca, que fue la que estuvo más cerca, como ustedes recuerdan y saben, cierto, vencen al tirano, a So­moza, pero la dirección se niega prácticamente a dar este salto que sí dio en Cuba, y la revolución no deviene obviamente so­cialista. Entonces, es muy importante esto porque en las condi­ciones de América Latina está planteado no si no va a haber una revolución, no si no hay que luchar contra el imperialismo, que es el mensaje del Che, no si la revolución que luche contra el imperialismo y el capitalismo no devendrá socialista por cualquiera de las formas que la complejidad en la revoluciones puede llevar a los procesos revolucionarios. El pro­blema cen­tral, entonces, es tomar el mensaje de Cuba para pasarlo por el cristal de la experiencia en los momentos actuales de Amé­rica Latina, para ver qué cosa es válido de la Revolución bolche­vi­que y qué es valido de la Revolución Cubana, sin creer forzo­samente que las dos tengan un mensaje definitivo respecto de lo que debe hacerse y no hacerse metodológicamente y revolucio­na­riamente en América Latina. En realidad, esa reflexión está plan­teada hoy más que nunca.
Porque en Cuba hoy, la Cuba del período especial de Fidel Castro, el mensaje de Fidel es defender las conquistas, pero el mensaje no es, ni ha sido incluso en los homenajes que se le han tributado, de exportar guerrillas, como con nosotros en el 60-70, de hacer dos, tres Vietnam, de levantar el lema de re­volu­ción so­cialista o caricatura de revolución, o de invitar a que el ejemplo de Cuba del 60 se repita. Cuba tiene pendiente, en­ton­ces, un ba­lance final respecto de su destino, es decir, del destino de su Revo­lución. Pero Cuba todavía tiene Fidel Castro y quie­nes lo siguen en el poder, y puede hacer una batalla por sus po­siciones, y puede hacer la reflexión y el balance final que todos necesitamos. Pero gente como Béjar y como otros, y los nuevos, los jóvenes, todos aquellos que no aceptan en esta fase de la mundialización, que no aceptan en esta fase en que está plante­ado el socialismo o la bar­barie, más la barbarie que el socia­lismo, en esta fase donde el 50% de la humanidad no tiene de­recho a la vida, donde anuncian que para el año 2030 el 75, donde no se puede vivir, donde las condiciones de vida han desmejorado sorprendentemente, donde es imposible ganar un salario, donde los jóvenes por más que es­tudien no tienen ga­rantizado prácticamente una posibilidad emer­gente en la socie­dad, donde no hay destino para el que vive de un sueldo y de un salario… El mensaje del Che, entonces, es el de 60-70; sí, hay que ir a la lucha antiimperialista como yo, diría el Che; sí, hay que transitar la vía de la revolución socialista tan consecuente como nosotros; sí, diría el Che, hay que intentar des­truir a los agentes del capitalismo para crear las condiciones de la cons­trucción de una nueva la sociedad socialista. Y en eso es ple­namente vigente el Che.
Entonces, es vigente en su internacionalismo, por más que se tengan dudas, como Béjar y otros, respecto si el foco guerri­lla hoy es la única vía y el único instrumento para luchar en forma ar­mada por el poder. Pero si es así, entonces, a la revo­lución latino­americana le esperan momentos muy particulares. Petras, entre otros, si ustedes lo han escuchado o lo han leído, dice que hay un curso de ascenso en América Latina, pero ese curso de ascenso tiene connotaciones diferentes al del 60-70, porque da un Subco­mandante Marcos en Chiapas, porque da el ejemplo de los Sin Tierra en Brasil, porque da el ejemplo de las movilizaciones agrarias y campesinas en países como Bolivia, Perú, El Salvador, Colombia, o Ecuador, y otros. No son las mismas condiciones las condiciones de Cuba, que no era otra cosa que la proyección del proceso revolucionario que se dio después de la segunda guerra mundial en el mundo, con revo­luciones y revoluciones que desco­lonizaron grandes regiones, que independizaron países, e incluso que expropiaron el capital. El Che cuando nos dijo en Cuba pero yo hice una revolución sin el sujeto político, el proletariado, en realidad estaba inscri­biéndose en este tipo de revoluciones que se gestaron en el mundo después de la segunda guerra mundial. Y la Revolución Cubana resultó, en ese sentido, una Revolución to­talmente es­pecífica, pero notable por la proyección que tuvo el desarrollo del proceso revolucionario.
Entonces, compañeros y amigos, hoy está planteado, y dis­cúl­penme el apuro de mi exposición, que nosotros reflexione­mos qué cosa es lícito del mensaje del Che o no, qué cosa es aprovechable de la Revolución Cubana, qué es lo que tenemos que tomar en ello de vigente cuando ya sabemos, porque lo he­mos enunciado, lo que es vigente. Está planteado, entonces, el método de hacer las revoluciones. Volvemos a los instrumentos, volvemos hacia la posibilidad o no de crear los instrumentos, como el partido revo­lucionario, qué tipo de partido. Petras dice que son movimientos hoy que se han alejado bastante de la no­ción del partido tradicio­nal. ¿Es así o no es así?. Si las masas requieren o no, para ligarse con el ascenso de la lucha urbana, de estos instrumentos y estas mediaciones, si es todavía posible o no el método cubano, el mé­todo del Che, el método del foco guerrilla. No interesa y no es una reflexión importante final que el Che haya muerto en Bolivia rebatilando su método, porque el Che trasciende su muerte en Bolivia, porque su mensaje es más importante para la proyección de la revolución en América Latina. Entonces, América Latina debe prepararse, los jóvenes deben prepararse para forjar instru­mentos, partiendo del ejem­plo de la Revolución Cubana, de lo que ella deja como vigente, de qué cosa hay que actualizar, de la comprobación con otros procesos revolucionarios, incluso el men­saje de la Revolución de octubre, y tener la capacidad reflexiva de aprovechar de este momento político para ir no solamente madu­rando en la con­ciencia de cada uno y de los grupos que están dis­puestos, como siempre, a combatir el capital, sino para intentar dar una res­puesta, si es mejor colectiva, sobre una teoría y una práctica y una estrategia de la revolución latinoamericana, donde después de su balance final el quehacer de Cuba, el mensaje de Fidel y del Che, y sobre todo del Che, serán importantes huellas en este proceso de retomar el curso del combate contra el impe­rialismo, contra el capitalismo y por la revolución socialista en nuestros países. Gracias.

 

G. Cieza:
Ernesto Guevara nos enseñó, entre otras cosas, a ponerle el cuerpo a las ideas. Nosotros, desde la Cátedra Che Guevara, en­tendemos que hoy muchas de esas decisiones de poner el cuerpo a las ideas se manifiestan a través de los movimientos sociales. Por eso queremos terminar esta Cátedra el domingo 16 de no­viembre, después de la última clase, que va a ser el sábado 15, en la Es­cuela Superior de Trabajo Social, vamos a organizar un Encuen­tro de Movimientos Sociales, en los que han compro­metido ya su participación más de 50 organizaciones sociales representativas de la zona y de distintos lugares del país.
Pasamos al segundo expositor de esta tarde que es Manuel Gaggero, que es profesor titular de la Cátedra y que ya estuvo en las primeras clases.

 

Manuel Gaggero:
Bueno, yo voy a tratar de tomar el tema de la Revolución Po­pular Sandinista y desarrollar un poco, digamos, cuál fue la in­fluencia de la Revolución Cubana en éste que es uno de los pro­cesos, creo, también con elementos de excepcionalidad, que se produce hacia finales de la década del 70, recuerden ustedes, el 19 de julio del 79, y que indudablemente corta, digamos, un mo­mento de esa década que fue un momento de derrotas.
Pero antes quiero explicar suscintamente cuál es la caracte­rís­tica de Nicaragua. Nicaragua es un país de 150 mil kilóme­tros cuadrados, que se encuentra en Centroamérica, con fron­tera con Costa Rica por el sur, y Honduras por el norte. Es un país de, en esos momentos, el momento de la Revolución, algo más de tres millones de habitantes, que tenía un desarrollo eco­nó­mico que pasó del añil, un cultivo que tenían a mediados del siglo pasado, al algodón, por todas las etapas. O sea, una eco­nomía fundamen­talmente agraria, también con una importante, digamos, planta ganadera. País agrícola-ganadero con una bur­guesía industrial muy pequeña que, en su conjunto, la burgue­sía industrial y agra­ria, estaba agrupada en lo que se llamaba en la década del 70, en esos años de la Revolución, el Consejo Su­perior de la Empresa Privada -CoSEP-.
Nicaragua había sido un país, lo dijimos, creo, acá cuando hablamos de Sandino, había sido un país que había sido el es­ce­nario de conflictos entre Inglaterra y Estados Unidos. Es de­cir, un país que tenía una gran dependencia de Estados Unidos pero, a su vez, reconocía una región, lo que se llama la costa atlántica, que Inglaterra ejercía una administración indirecta a través de los in­dios misquitos. Cuando en los años del movi­miento revoluciona­rio, la costa atlántica estaba absolutamente escindida de la costa del Pacífico, y cerca de 150 mil de estos tres millones de habitan­tes vivían en el Atlántico. En el año 34, 1934, poniendo fin a un largo período de invasiones norteame­ri­canas que sufrió el territo­rio nicaragüense, Somoza asume, Somoza padre, Anastasio So­moza padre asume el gobierno de la nación nicaragüense y crea la Guardia Nacional, el ejército, con el apoyo de Estados Unidos, y se convierte en lo que los nicaragüenses llaman el último marine, es decir, el último in­fante de marina que ocupa el gobierno de Ni­caragua.
Somoza es ejecutado, este Somoza padre, en 1953 por Ri­go­berto López Pérez, un patriota nicaragüense que es retomado des­pués históricamente como uno de los constructores del pro­ceso de formación del Frente Sandinista de Liberación Nacio­nal. En los años 60, en la época que recién nos contaba Napurí, hubo algu­nas experiencias guerrilleras impulsadas, incluso, desde Cuba, hubo algunos intentos guerrilleros para destituir o terminar con la dictadura de Somoza hijo, que era continuador del padre, y estos intentos fueron aplastados. Uno de ellos se inició en El Chaparral. Esto lleva a que luego, hacia finales de la década del 60, se forme el Frente Sandinista de Liberación Nacional, con un compañero revolucionario que había sido in­fluenciado por la Revolución, di­gamos, que había estado vi­viendo en Cuba, incluso, y que tenía una relación muy estrecha con los revolucionarios cubanos, que se llamaba Carlos Fon­seca Amador.
El Frente Sandinista de Liberación Nacional nucleaba en su seno, inicialmente, a jóvenes que provenían de sectores católi­cos, cristianos, que reivindicaban la Teología de la Liberación, el mensaje de Medellín, algunos sectores que venían del Partido Comunista nicaragüense, sectores marxistas, entre ellos Fon­seca Amador, que había militado en las filas del Partido Co­munista ni­caragüense y, digamos, otros sectores que provenían de fracciones del Partido Liberal, o sea, el partido de Somoza, que habían roto con Somoza y que estaban en la lucha armada en contra del go­bierno somocista. El proceso revolucionario, en realidad, lo inicia el Frente Sandinista de Liberación, se suman otros grupos, y tiene como todos los procesos durante la década del 70, tiene momen­tos de alza y momentos de baja, digamos, cuando son seriamente golpeados los revolucionarios por la dic­tadura somocista. Pero este proceso reconoce o se forman, a lo largo de esta década del 70, dentro del Frente Sandinista de Li­beración, tres tendencias. Por un lado, la Tendencia que se lla­maba de la Guerra Popular Prolongada, que encabezaba Tomás Borge, que planteaba, recu­perando la concepción del Che de la guerra de guerrillas, el nú­cleo revolucionario en el monte y, re­cuperando la idea de los vietnamitas, el desarrollo de una gue­rra revolucionaria hacia la construcción de un ejército, que se empezaba con la lucha en la montaña y que culminaría con la formación del ejército que de­rrotaría al ejército de Somoza. Por otro lado, estaba la Tendencia Proletaria, que encabezaba Jaime Wheelock Roman, que plante­aba que previo o en el proceso de lucha armada contra el régimen somocista había que ir constru­yendo las bases, o ir sentando las bases, de la construcción de un partido marxista-leninista que fuera el núcleo dirigente de este proceso revolucionario. Y des­pués había una tercer ten­dencia, más numerosa que las otras, que se llamaba la Tenden­cia Tercerista o Insurreccionalista, que en­cabezaban los herma­nos Ortega, Daniel Ortega y Humberto Or­tega. Estos proponían desarrollar, fundamentalmente, la lucha en las ciudades y, par­tiendo de la lucha en la calle o en las luchas sociales, ir gene­rando niveles de violencia más altos hasta poder producir, vía una insurrección armada, el derrocamiento del ré­gimen somo­cista. Esta división de las tendencias, que al principio aparecía como un debate hacia el interior del Frente Sandinista, se fue profundizando a mediados de la década del 70 y llevó, in­cluso, a enfrentamientos entre estos grupos, defendiendo cada uno su posición, hasta marzo del 79 que resuelven hacer una dirección conjunta, constituyen la Dirección del Frente Sandinista de Li­be­ración, integrada por nueve comandantes, tres de cada ten­dencia, y hacen la unidad y ordenan, esta dirección que estaba instalada en Panamá, ordena la ofensiva final contra el régimen somocista.
Qué pasaba en esos momentos en Nicaragua. Nicaragua, que además es un país de estas características que yo decía, un país con una gran formación social campesina, con una eco­nomía agraria, con una cantidad de desocupados muy grande en la po­blación, casi un 70% estaba desocupado, con cerca de 80% de analfabetos, un país con características muy complejas, se en­cuen­tra inmerso en esta guerra antidictatorial y de libera­ción que encabeza el Frente Sandinista contra Somoza. Se em­piezan a pro­ducir en esos últimos años, 78-79, se empiezan a producir in­su­rrecciones parciales en las ciudades, levantamien­tos en algunas ciudades, que son reprimidos por el régimen. Y la burguesía es­taba dividida en dos sectores. Una era una frac­ción liberal, liberal no por liberales como se entiende acá, sino porque la vieja tradi­ción histórica del Partido Liberal, que era el partido que había lu­chado contra los conservadores a princi­pio de siglo en Nicaragua. Esta burguesía liberal tenía negocios comunes con Somoza, esta fracción de la burguesía compartía negocios con Somoza. So­moza a su vez, como parte de su poder político, había acrecentado su poder económico, había incorpo­rado a su patrimonio personal bancos, financieras, negocios, comercios, había expropiado tierras que eran incorporados al patrimonio de él o de sus allegados. Una franja de esta burgue­sía tenía relaciones con Somoza, tenía nego­cios comunes, y apoyaba la dictadura. Por otro lado, estaba la vieja burguesía conservadora, encabezada por Pedro Joaquín Chamorro, direc­tor del diario La Prensa, que era un diario de oposición demo­crática, que era un sector que tenía diferencias con la dictadura, serias, que se oponía a la dictadura; no apoyaba, te­nía diferen­cias, también, con el Frente Sandinista de Liberación Nacional, no apoyaba al Frente Sandinista de Liberación Nacio­nal pero entendía que el proceso de la dictadura tenía que termi­nar y que tenía que abrirse una etapa democrática en Nicaragua.
En los años 78, durante el año 78, en esta serie de enfren­ta­mientos entre la población que empieza a insurreccionarse en las ciudades, sectores de la jerarquía eclesiástica o de la iglesia que empiezan a oponerse firmemente al régimen, a su vez la acción del Frente Sandinista de Liberación Nacional y sus gue­rrillas, de­terminan reacciones represivas del régimen, que lle­van a que en este año fuera asesinado Pedro Joaquín Chamorro por un grupo que respondía a las directivas del hijo, del chi­huín, como se dice en Nicaragua, o el hijo mayor, de Anas­tasio Somoza, o sea el dic­tador. El asesinato de Pedro Joaquín Cha­morro como que cambia el escenario, lo modifica. Porque esta burguesía, que hasta ese momento había tenido una acti­tud, di­gamos, de oposición, pero dentro de ciertos marcos, con el ré­gimen dictatorial, entiende que debe pasar a una etapa de ma­yor confrontación y empieza a esta­blecer contacto con la di­rec­ción del Frente Sandinista de Libera­ción Nacional, encami­nado a llegar a algunos acuerdos con el Frente que permitieran de­rrocar a Somoza.
A su vez, Estados Unidos, que siempre en estos países de Cen­troamérica tiene una presencia muy directa y que tenía prestado un respaldo muy grande al dictador, frente a esta si­tuación de, por un lado, insurrecciones, creciente oposición po­pular a la dicta­dura, debilitamiento en general de la dictadura, empieza a repen­sar su apoyo a Somoza. Y en algunos sectores del departamento de estado norteamericano de esos años, re­cuerden ustedes que estaba gobernando Carter en Estados Uni­dos, se empieza a plan­tear la necesidad de respaldar un tránsito hacia la democracia en Nicaragua que fuera, de alguna manera, pacífico, o sea, evitar que el Frente Sandinista de Liberación Nacional se hiciera con el poder, que se produjera un proceso revolucionario, y lograr que Somoza, ésa era la política de Es­tados Unidos, lograr que Somoza se retirara del gobierno de Nicaragua y dejara en su lugar un go­bierno de la burguesía, que le asegurara el respeto, la protección de los intereses de Es­tados Unidos en la región, pero que, a su vez, pusiera fin a esta creciente oposición popular que iba reco­giendo el régimen de Somoza.
Los acontecimientos se apresuraron tremendamente a partir de la decisión de las tres tendencias del Frente de hacer la uni­dad. A partir de esa decisión, las tres tendencias ordenan, como dije an­tes, la ofensiva final y comienzan a marchar desde el sur las co­lumnas. La famosa Columna del Sur del Frente Sandi­nista de Li­beración Nacional en la cual participaron compañe­ros de otras o revolucionarios de otras nacionalidades, argenti­nos, cos­tarricen­ses, panameños, incluso venezolanos, guatemal­tecos. Y la co­lumna que venía del norte con las guerrillas de la Tenden­cia, la GPP, o sea la Tendencia de la Guerra Popular Prolongada, que encabezaba Tomás Borge. Estos van haciendo, al mismo tiempo que se opera este avance de las columnas gue­rrilleras del sur y del norte, se empiezan a producir crecientes insurrec­ciones de cada vez mayor envergadura, en las ciudades se pro­ducen levantamien­tos populares, y la burguesía adhiere a un paro nacional que se decreta, lo decreta la central de traba­jado­res nicaragüenses, y ad­hieren los industriales, la burguesía, que estaban agrupados en esto que he denominado Consejo Su­pe­rior de la Empresa Privada, o sea el CoSEP. Esta situación de avance militar en el sur y el norte, insurrección en las ciudades, creciente oposición de la bur­guesía y paro general determina que se desmorone el régimen somocista, en una situación que no era esperada por el movi­miento revolucionario. Es decir, el movimiento revolucionario no esperaba este desmoronamiento, ni tampoco el departamento de estado norteamericano. Al con­trario, Carter envía días antes de la cáida, o sea, días antes del 19 de julio, envía un emisario a hablar con Somoza, y le pro­pone, le reitera que la posición de Estados Unidos es que él se aleje del gobierno y que quede en su reem­plazo un gobierno de conciliación nacional, se llamaba, o sea, un gobierno integrado por algunos sectores de esta burguesía cose­pista, digamos, y que este gobierno asegure un llamado a eleccio­nes libres, sin ninguna exclusión, y que proponga el desarme tanto de la gue­rrilla como de la Guardia Nacional, que era el ejército de So­moza. Esta misión norteamericana fracasa, Somoza reitera su decisión de quedarse en el gobierno. Cuando se reitera esta de­cisión algunos de los jefes de la Guardia Nacional directamente empiezan a entregar sus uniformes y a buscar aviones para salir al exilio, y produce una especie de, digamos, catástrofe para el sis­tema, para el régimen, porque fue el desmoronamiento, por un lado, de Somoza, y por otro lado, la huida, porque era sí, era una huida de todos los jefes de la Guardia Nacional, que ya sentían que estaban derrotados política y militarmente y trata­ban de evi­tar, de esta manera, el juzgamiento por los crímenes que habían cometido contra el pueblo.
Esto determina que el Frente Sandinista de Liberación Na­cio­nal se hace con el gobierno el 19 de julio de 1979, con sólo 420 cuadros. O sea, ustedes imagínense, el Frente Sandinista tenía solamente 420 cuadros, cuadros políticos, con una for­mación más o menos aceptable, en un país de tres millones de habitantes, con la complejidad que eso significa, en un país de 150 mil kilóme­tros cuadrados que había que gobernar con estos 420 cuadros. Por supuesto que, en la primera etapa, el Frente se hace cargo del go­bierno el 19 de julio y llama inmediatamente a algunos sectores de esta burguesía patriótica, que se llamaba, que se había opuesto a Somoza, para que se integren a un or­ganismo que ocuparía o tendría a su cargo el poder ejecutivo, que se llamaba Junta de Gobierno. Al mismo tiempo se con­forma un Consejo de Estado, que era como un parlamento, que tenía a su cargo la elaboración y el dictado de las leyes. Que en esa Junta de Gobierno, en la primera Junta de Gobierno, se in­tegra Violeta Chamorro, la es­posa de Pedro Joaquín Chamorro, el asesinado en 1978, luego presidente de Nicaragua a la caída del Frente Sandinista de Libe­ración Nacional. También se inte­gran en esta Junta de Gobierno revolucionaria compañeros que pertenecían al Frente Sandinista de Liberación Nacional pero que no habían tenido una actividad en el combate, sino que ha­bían desarrollado actividades fuera del país, en la solidaridad con las luchas del Frente Sandinista. Fun­damentalmente, el ex­ponente más claro, o los exponentes más cla­ros de esto eran, por un lado, Ernesto Cardenal, que es nombrado ministro de Cul­tura, y por otro lado, Sergio Ramírez, que se inte­gra a la Junta de Gobierno. También se integran algunos sectores que provie­nen de algunas formaciones políticas cercanas al Frente Sandi­nista de Liberación Nacional, que tenían relaciones estre­chas desde hacía varios años atrás con el Frente.
De esta forma se comienza el proceso de liberación en Nica­ragua, un gobierno revolucionario. Y la primera medida que se adopta, o de las primeras medidas que se adoptan, son la san­ción de una ley de reforma agraria que expropia a la burguesía las ex­plotaciones agrícolas que tenían una determinada canti­dad, más o menos sería equivalente, acá, a más de 300 hectá­reas, y a su vez porque se convertirían en propiedad coopera­tiva. Y se van deline­ando con estas medidas, las primeras medi­das, la formación de los tribunales revolucionarios, la ley de re­forma agraria, la campaña de alfabetización, se va delineando lo que sería la excepcionali­dad, si podemos llamar así, o la ca­racterística del proceso revolu­cionario nicaragüense que, pese a que establece estrecha relacio­nes con la Revolución Cubana y con el gobierno de Cuba, y re­cibe la inmediata solidaridad del gobierno revolucionario cubano en técnicos, médicos, alfabeti­zadores, docentes y técnicos en todas las áreas, que incluso re­cuperan toda la telecomunicación que es­taba prácticamente des­truida por la guerra, y que además ayudan a desarrollar el proceso de solución de los problemas sanitarios de la población, que eran muy serios; pese a esta relación con la Re­volución Cubana, la Revolución Nicaragüense trata de establecer cierta originalidad en su proyecto. Es para debatir si fue correcto el camino elegido o no, pero establece cierta originalidad en el proyecto, teniendo en cuenta los sujetos sociales de la Revolu­ción Nicaragüense y teniendo en cuenta la particular tradición que te­nía Nicaragua, el pueblo nicaragüense, y sus niveles de desarrollo cultural y político. O sea que no se plantea de inme­diato trans­formarse en una revolución socialista, sino que se plantea ser una revolución democrática y de liberación nacio­nal, en tránsito hacia el socialismo.
Y establecen tres formas de propiedad. Por un lado, la pro­pie­dad privada. Por otro lado, la propiedad llamada área de propie­dad del pueblo, que era, digamos, todos los bienes de Somoza y los somocistas fueron expropiados, también algunas empresas imperialistas, y esto pasó a formar el área de propie­dad del pue­blo, que podríamos llamar área de propiedad estatal. De cualquier manera, fíjense ustedes la particularidad de Nica­ragua que en esos años, cuando nosotros analizábamos, yo es­tuve viviendo en Nicaragua cinco años, a partir de 1979 hasta 1984, cuando noso­tros analizábamos la composición de la propiedad estatal y la re­lacionábamos con la Argentina, la pro­piedad estatal en la Argen­tina era mayor en esos años, estamos hablando en los 80, que la propiedad estatal en Nicaragua. O sea que el área de propiedad estatal era importante pero era bas­tante reducida. Y se componía de estos bienes que se había ex­propiado de Somoza, sus allegados y algunas empresas impe­rialistas, y algunos bienes, incluso, que sectores de la burguesía que iban abandonando el país iban de­jando. Por otro lado, es­taba el área de propiedad privada, diga­mos, o sea la propiedad de la burguesía que no fue expropiada. Y por otro lado, el área de propiedad cooperativa. Porque la inten­ción de la ley de re­forma agraria era evitar que del latifundio, que era un poco la característica del campo nicaragüense prerrevolu­cionario, no pasar al minifundio, o sea, pequeñas propiedades in­dividuales, sino tratar de entusiasmar al campesinado nicara­güense para la conformación de cooperativas, que desarrollaran el área de propiedad cooperativa. Entonces tenemos, por un lado, el área de propiedad estatal o del pueblo, por otro lado, el área de pro­piedad privada, y por otro lado, el área de propiedad coopera­tiva.
Al mismo tiempo se desarrolla una intensa campaña ten­diente a alfabetizar, a combatir el analfabetismo, que era uno de los males nicaragüenses. Y al mismo tiempo se plantea una po­lítica de integración nacional, por esto que yo señalaba de la costa atlántica. Una región que está, ustedes si se fijan en el mapa, está en el Atlántico nicaragüense, una región muy am­plia, muy des­poblada donde, incluso, había minas de oro, que en algún mo­mento habían sido importantes, que fueron nacio­nalizadas, esta­ban explotadas por un consorcio norteamericano. A raíz de eso tuvimos un juicio en Estados Unidos. Esta zona estaba ocupada por indios, por grupos étnicos, fundamental­mente, los más impor­tantes eran los misquitos, y hablan, aún ahora, un idioma que es una mezcla de misquito e inglés, diga­mos, una especie de inglés criollo. Entonces, la política de la Revolución fue intentar hacer un proceso de acercamiento e in­tegración, reconociendo el carác­ter multiétnico y multirracial de la conformación de Nicaragua. Política difícil, por cierto, porque yo que viví en Managua, o sea, viene a ser el Pacífico, mucha gente de la que compartía conmigo el trabajo en el mi­nisterio de Justicia no conocía, siendo nicara­güense de más de 40 años, no conocían la costa atlántica. Es de­cir, la costa atlán­tica no sólo que estaba escindida porque eran culturas distintas del Pacífico, sino que además era desconocida y no había me­dios, digamos, carreteras o medios de comunicación que vincu­lara la costa atlántica con el Pacífico. Esto fue otro de los obje­tivos del proceso revolucionario.
Al mismo tiempo que se planteaba una confrontación, no sólo en el terreno diplomático, que se dio desde el comienzo, sino en el terreno político, con Estados Unidos y los intereses imperiales, y un acercamiento a la Revolución Cubana y a los procesos revo­lucionarios del Tercer Mundo y a los países so­cialistas, incluso se establecieron relaciones con el Mercado Común de los países so­cialistas, al mismo tiempo que se esta­blecían relaciones con el Mercado Común Europeo.
En estas condiciones comienza a desarrollarse el proceso re­vo­lucionario nicaragüense, rápidamente hostigado y hostilizado por Estados Unidos y por los que habían sido remanentes o lo que había quedado de la Guardia Nacional, que habían consti­tuido grupos armados que empiezan a accionar en algunas zo­nas del norte nicaragüense con amplio respaldo del gobierno de Hondu­ras. Actuaban desde la frontera hondureña, es decir, se traslada­ban al interior del territorio nicaragüense, hacían expe­diciones punitivas, destruían sembrados, cooperativas, asesina­ban alfabeti­zadores, y volvían a refugiarse al territorio nicara­güense. Esta si­tuación obliga, digamos, esto para tratar de ex­plicar, un poco sin­tetizando, cuál fue el final del proceso revo­lucionario nicara­güense, esta situación obliga a que gran parte del presupuesto de Nicaragua, un país muy pobre, como yo les decía hoy, un país con muchos habitantes y una gran extensión pero muy pobre, le obliga a destinar más del 70% del presu­puesto a la defensa, y gran parte de los esfuerzos del gobierno revolucionario y de los revolucionarios, de estos 420 cuadros iniciales, estaba concen­trado en la defensa del proceso revolu­cionario. Esto determina que, incluso, algunas de las cuestiones que había que saldar al in­terior de la sociedad nicaragüense, como eran los desniveles sala­riales, la gran fractura que existía entre los ricos y los trabajado­res, la necesidad de aumentar los niveles de ingreso de los traba­jadores, de los sectores más ex­plotados, se ve subordinada o se plantea que queda subordinada la posibilidad de resolver estos conflictos a la necesidad funda­mental que era defender el proceso revolucionario. Y así se pone todo el esfuerzo en esta dirección.
Al mismo tiempo que el gobierno revolucionario era hosti­gado por el gobierno de Estados Unidos y por la contra nicara­güense, al mismo tiempo la burguesía, que había saludado ini­cialmente la Revolución como una revolución patriótica, como una revolución democrática, al ver el curso que iba tomando, es decir, estas expropiaciones, las nacionalizaciones de las empre­sas imperialistas, la ley de reforma agraria, un intento de re­forma ur­bana que finalmente no se concretó, al ver estas medi­das la bur­guesía pasa rápidamente a la oposición, y el Consejo Superior de la Empresa Privada es el que encabeza, ya a finales del 79, prin­cipios del 80, la oposición más pública, digamos, al gobierno re­volucionario. Esta burguesía, incluso, si bien no se plantea el de­rrocamiento militar ni apoya las acciones militares contrarrevo­lucionarias, de alguna manera abandona la idea de participar del gobierno, como había sido inicialmente con Vio­leta Chamorro, abandona el gobierno nicaragüense, y se pro­pone la burguesía empezar a liderar una oposición para lograr que el Frente o de­mocratice el país, entre comillas, como plan­teaban ellos, es decir, llame a elecciones libres, etc., etc., o abandone el gobierno.
El Frente, por su lado, además estaba siendo hostigado, y cada vez más, crecientemente por la iglesia nicaragüense que, encabe­zada por monseñor Ovando, actual arzobispo de Nicara­gua, que era un hombre que había tenido fuertes relaciones con el somo­cismo, que había permanecido neutral en los últimos momentos de la dictadura somocista, pasa también a la oposi­ción violenta. E incluso recuerden ustedes que la venida del Papa a Nicaragua, no sé si ustedes recuerdan, bueno, los más grandes probablemente se recuerde, la venida del Papa a Nica­ragua fue un episodio bas­tante, digamos, con bastantes elemen­tos violentos por parte del Papa. En primer lugar, el Papa se negó a bendecir a Cardenal, sa­cerdote que integraba el gobierno revolucionario, diciendo que no podía bendecir a un clérigo que integraba un gobierno ateo. Y por otro lado, cuando se hizo la misa, el acto central que se hizo en la Plaza de la Revolución, el Papa empezó a agredir en su discurso a la dirigencia revolucio­naria, lo que provocó un enfrentamiento no buscado con la ju­ventud del Frente Sandinista de Liberación Na­cional.
En estas condiciones difíciles se desarrolló el proceso revo­lu­cionario nicaragüense. Y lo central es que tuvo que destinar gran parte del esfuerzo nacional a la guerra, al combate contra la con­tra. Esto determina un primer llamado, para ir redonde­ando y terminando la exposición, por lo menos en esta parte, esto deter­mina un primer llamado a elecciones, que se hace en el 84, y que logra la victoria el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Elecciones que fueron impugnadas por la oposición, que sostuvo que eran fraudulentas, que no había habido posibi­lidad para los partidos de oposición de hacer campaña, etc., etc. Y bueno, sigue esta impugnación, hace que se legitime a los ojos de Estados Uni­dos y a los ojos de la burguesía el accionar contrarrevolucionario, que aumenten y se incrementen las ac­ciones armadas contra la Revolución, que la Revolución tenga que hechar mano para au­mentar los efectivos del Ejército Popu­lar Sandinista a una ley que fue muy criticada, que fue la ley de servicio militar obligatorio, que obligaba a todos los jóvenes de más de 18 años a integrarse a las filas del Ejército Popular Sandinista para ir a combatir a la guerrilla contra, y esto ter­mina con un nuevo llamado a eleccio­nes, elecciones que fueron controladas por observadores extranje­ros, por la OEA, y en las cuales pierde el Frente Sandinista de Li­beración Nacional y asume la presidencia de Nicaragua Violeta Chamorro, encabe­zando un proceso contrarrevolucionario que comienza inmedia­tamente a revisar todas las medidas que había adoptado la Re­volución Popular Sandinista.
La experiencia sandinista da para un gran debate y da para hacer creo que una cátedra, porque es muy interesante, muy in­te­resante la complejidad de la sociedad nicaragüense, cómo los elementos religiosos pesaban mucho en esta población, y de qué manera el movimiento revolucionario articuló la unidad entre sec­tores del campo marxista con sectores cristianos, de qué forma se estructuró este modelo de cierta originalidad donde había tres formas de propiedad diferente, y si esto se entendía como una re­volución en tránsito o algunos la entendían como la revolución, si esto era un proceso en tránsito o era el proceso revolucionario fi­nal. Todos estos temas quedan para debatir. Pero yo creo que, de cualquier manera, primero, fue como un, digamos, como una gran bocanda de aire fresco la Revolución. Recuerden ustedes, finales del 79, mediados del 79, toda Amé­rica Latina con dictaduras, los desaparecidos en Argentina, en Uruguay, en Chile, o sea, todo un proceso como de retroceso, y aparece esta Revolución, junto con la de Irán, que provocan un cambio en el panorama de ese mo­mento, el panorama político-social. Y por otro lado, todos estos elementos, la participación de cristianos en un papel casi, diga­mos, determinante en el pro­ceso revolucionario, las características como se estructura el nuevo poder, son para analizar y para estu­diar porque, sin duda, en la historia latinoamericana de este siglo, de la in­fluencia del pensamiento del Che y de la Revolución Cu­bana, este proceso revolucionario tuvo y tendrá una importancia sin­gular. Nada más.

 

G. Cieza:
Le cedo la palabra a un militante popular de la década del 60, del 70, y de nuestros días, que ya ha estado en esta Cátedra: Ca­cho El Kadri.

 

Envar El Kadri:
Antes de que se vayan, y ya que hablamos de cine, quiero re­cordarles una anécdota de un director que se llamó Luis Bu­ñuel, que seguramente algunos habrán conocido, habrán visto alguna película. Este gran director español, exilado en México, visitaba a un amigo en Francia, y el hijo, un republicano espa­ñol, le dice todo entusiasmado: “Don Luis, don luis, quiero ser cineasta como usted”. “Bueno, qué bien”. “Sí”, dice, “me en­canta el cine que us­ted hace, yo quiero hacer todo lo que usted hace”. “Bueno”, dice, “y qué estás haciendo para eso”. “Voy a una escuela de cine”. “Salí inmediatamente, entonces”. Esta broma me viene a la me­moria porque para hablar del Che Gue­vara, también, más que es­tar en el claustro de una universidad escuchándonos a nosotros, con tanta atención y con tanta amabilidad, exposiciones que for­zosamente son complejas, lo importante para saber todo lo que hay que saber de Ernesto Guevara es solamente sentir como pro­pia cualquier injusticia que se cometa contra cualquiera en cual­quier parte del mundo. Ésa es, quizás, la mejor lección que él nos ha dejado. Y miles de Guevaras a los largo y a lo ancho de este continente ameri­cano, miles de Guevaras, desconocidos, algunos que han tras­cendido, otros que han muerto anónimamente en Ni­caragua, en la misma Cuba, en Perú, que evocó el compañero, en esta Ar­gentina tan querida, donde tantos muertos ilustres y com­pañe­ros nuestros desaparecidos tomaron también su ejemplo, em­pu­ñaron el fusil, lucharon con las ideas, trataron de construir un mundo mejor, nos enseñan, entonces, nos dicen todos los días, cotidianamente, desde ese cartel que recuerda a un compañero de­saparecido que está en la puerta, cuántos Guevara anónimos hubo en esta América profunda.
Y por eso para que ustedes, los más jóvenes, sobre todo, no se abrumen de fechas, de datos, de citas, yo les quiero hablar de un Guevara, porque ése es el objeto, digamos, o el sujeto de esta Cá­tedra, de un Guevara no muy conocido, pero que supo decir en 1960: Yo fui muchacho intelectualillo cuando estu­diaba, aspi­rante a intelectualón cuando ya médico elegí una es­pecialidad, pero sólo aprendí a hablar en la sierra. Allí adquirí un len­guaje elemental y directo que no cubre nada ni oculta nada, que no sirve para disfrazar sino para enten­derse. Fíjense uste­des la trascendencia de esta confesión, hecha en 1960, de que un hombre que había leído tantos libros, que había ya pro­tagonizado el triunfo de la Revolución, si es que se puede lla­mar triunfo a echar a un gobierno y poner otro, pero que ya es­taba en esa hue­lla, reconoce que aprendió a hablar con los ile­trados analfabetos de la Sierra Maestra. Ojalá la Univer­sidad de La Plata y todas las universidades del mundo nos en­señaran a hablar a todos con ese lenguaje. Y para ello, decía él también, hay que empezar a bo­rrar nuestros viejos conceptos y empezar a acercarnos cada vez más y cada vez más aún críticamente al pueblo. No como nos acercábamos antes, porque todos ustedes dirán no, yo soy amigo del pueblo, a mí me gusta mucho con­versar con los obreros, los campesinos, voy los domingos a tal lado para ver tal cosa, todo el mundo lo ha hecho. Pero lo ha hecho practi­cando la caridad, y lo que nosotros tenemos que practicar hoy es la solidaridad. No debemos acercarnos al pue­blo, continúa Guevara, decir aquí estamos, venimos a darte la caridad de nuestra presencia, a enseñarte nuestra ciencia, a de­mostrarte tus errores, tu in­cultura, tu falta de conocimientos elementales. Debemos ir, concluye Guevara, con afán investi­gativo y con es­píritu hu­milde a aprender en la gran fuente de sabiduría que es el pueblo. Ese pueblo de la América profunda que él conoció en sus viajes, que él conoció cuando ya recibido de médico, con su diploma bajo el brazo, tomó un tren rumbo a Bolivia, primero, pero con destino final un leprosario cercano a Caracas, donde lo esperaba su amigo Granado, y que luego las vicisitudes del ca­mino lo llevaron hacia Guatemala, después hacia México y, fi­nalmente, embarcarse con aquel grupo de lo­cos, aventureros, vo­luntaristas, pequeños-burgueses, radicaliza­dos, por supuesto, pa­triotas, antiimperialistas, antibatistianos, que tenían como idea central liberar su isla, su tierra amada, Cuba, con la estre­lla de Martí, con la espada de Maceo, con sus héroes y sus pró­ceres na­cionales. Mamando y nutriéndose no de libros y de en­ciclopedias, sino de las vivencias que su propio pueblo les había ido brin­dando. Aquellos hombres que con Fi­del Castro asalta­ron el Mon­cada, ciento y pico quedaron muer­tos, no había nin­gún militante de Partido Comunista o de parti­dos de izquierda como conocemos hoy en día lo que es, eran to­dos chivistas, eran todos hombres que sentían como propia la in­dignidad de una patria avasallada. Y ese sentido nacional, pa­triótico, revolucio­nario, democrático también y antiimperia­lista, los llevó a esta locura de embarcarse en un pe­queño yate rumbo a Cuba. Ésa creo que es también una de las grandes lecciones que nos deja el Che, cuyas primeras lecturas no fue­ron tampoco librescas, en el sentido sarmientino de la educa­ción, que entonces y, lamen­tablemente, hoy se sigue dando en nuestras escuelas, cuando se confunde que la única fuente del sa­ber son los libros, etc., sino que era la del contacto que él ha­bía tenido con el pueblo… simple, le iba a decir descamisado, pero a lo mejor alguno se enoja. El pueblo peronista que vivía en la Ar­gentina que él re­corría diariamente, el pueblo que es­taba embar­cado en los bar­cos de la flota mercante del estado, cuando él se embarcó tam­bién como enfermero durante seis o siete meses para hacer la práctica que necesitaba para la facul­tad, y hablaba con esos marineros de lo necesario que era esa flota mercante que ex­por­taba nuestras riquezas, y esos fletes quedaban en poder del es­tado y no de las compañías privadas, como era antes, la mayo­ría inglesas y después norteamericanas. Ese Guevara, entonces, se nutrió del Martín Fierro, que espero que todos ustedes lo hayan leído, que lo conozcan por lo menos, porque ya estamos asis­tiendo a una invasión cultural, a una bo­rratina tan grande, que ahora se les da por festejar la noche de brujas aquí en la Argen­tina, que nadie sabe de qué se trata, pero ya nos han me­tido tam­bién que hay que festejar el halowin ése o como se llame en la Argentina. Por eso digo lo del Martín Fierro, por­que quizás piense alguno que es un jugador de fút­bol o… Es un gaucho per­seguido, pobre, los hijos de fierro, esos que el 17 de octubre del 45 llenaron la Plaza de Mayo, y esos que con Perón a la cabeza hicieron realidad una patria libre, justa y soberana, más allá de cualquiera sea la evaluación que tenga cada uno de ustedes del peronismo.
Pero, entonces, para entrar en esta materia que dice proyec­ción, “influencia del Che y la Revolución Cubana en América Latina”, he comenzado por decirles cuánto influenció, primero, América Latina en el Che, en el Che y en Fidel, que Fidel ha sido siempre un hombre tan cubano que decía antes de ser co­munista o marxista soy martiano, yo fui siempre un profundo y devoto ad­mirador de las luchas heroicas de nuestro pueblo por su indepen­dencia del siglo pasado. Antes de ser marxista fui martiano. Des­pués de 1959 realicé esa síntesis de las ideas de Martí y del mar­xismo-leninismo y las apliqué consecuente­mente en nuestra lu­cha. Es decir que, como les había dicho, este señor Fidel Castro y sus compañeros no eran en el momento de comenzar la lucha ar­mada contra Batista estrictamente ha­blando socialistas, y por tal se entiende adscriptos a una co­rriente filosófica, organizados en un partido, obedientes a una internacional, etc., etc.
Y entonces de este triunfo de la Revolución Cubana surge, en relación con la Argentina, un gran equívoco. El equívoco que en la Argentina, algunos veteranos que están acá y otros que habrán leído historia conocerán, que en el año 55 se pro­dujo en nuestro país una revolución llamada libertadora, que había derrocado al tirano, que en ese momento pasó a ser pró­fugo, porque se fue del país, y que fue comparada con la se­gunda dictadura, para hacer referencia a la de Rosas, que había gobernado el país, o por lo pronto la provincia de Buenos Aires, pero que ejercía las relacio­nes exteriores, hasta 1852. Entonces, en ese momento, cuando triunfa esta Revolución Cubana, de­mocrática, antiimperialista, nacional, como bien lo dijo Gag­gero con respecto a la Revolución de Nicaragua, toda la prensa argentina, La Nación, todos los sec­tores democráticos, aplau­den la huida del tirano prófugo Batista y el triunfo del gran li­bertador de Cuba Fidel Castro. Y durante un tiempo ese equí­voco se mantiene. Hasta que, obviamente, la re­forma agraria y las diversas medidas que toma el gobierno cu­bano hacen ver que no eran para nada lo que ellos creían, sino gente revolucio­naria. Y de esa época hay una carta del querido Ernesto Gue­vara, ministro de Industrias todavía en ese momento, a Ernesto Sábato, cuya lectura integral recomiendo. Pero también reco­miendo la lectura de la carta de Sábato que, lamentable­mente, el suplemento de Página 12 que sale todos los miércoles no la publicó, publicó nadá más que la respuesta de Ernesto. Y bre­vemente Ernesto Sábato le decía querido Ernesto, usted por su condición de argentino es el único capaz de poder disipar este malentendido, porque acá las masas peronistas escriben muera Fidel, porque creen que hay una equiparación automática entre Fidel y Aramburu y entre Batista y Perón. Entonces, por favor, aunque usted esté lejos y se haya ido hace mucho de la Argen­tina, disipe este malentendido porque es muy necesario bla, bla, bla. Bueno, entonces el 12 de abril del 60: Estimado compa­triota, le dice don Ernesto, el otro Ernesto, Guevara, el nuestro, perte­nezco, a pesar de todo, a la tierra donde nací y aún soy ca­paz de sentir profundamente todas sus alegrías, todas sus espe­ran­zas y todas sus decepciones. Sería difícil explicarle por qué “esto”, la Revolución Cubana, no es Revolución Li­bertadora; qui­zás tendría que decirle que le vi las comillas a las palabras que Usted denuncia en los mismos días de ini­ciarse, y yo iden­ti­fiqué aquella palabra con lo mismo que había acontecido en una Guatemala que acababa de aban­donar, vencido y casi de­cepcio­nado. Habla, como dijo el compañero, de la Guatemala de Ar­benz, que había sido bom­bardeada en el mes de junio del 54 por aviones estadouniden­ses, y cuyo gobierno había sido derro­cado. No podíamos ser “libertadora”, dice Ernesto Guevara, porque el otro Ernesto, Sábato, le decía que acá se confunde, que la Revo­lución Cu­bana se la confundió con la libertadora y qué sé yo, no podía­mos ser “libertadora” porque no éramos parte de un ejército plutocrático sino un nuevo ejército popular, levan­tado en armas para destruir al viejo; y no podíamos ser “libertadora” porque nuestra bandera de combate no era una vaca sino, en todo caso, un alambre de cerca latifundia­ria des­trozado por un tractor, como es hoy la insignia de nuestro INRA, que era el Instituto de la Reforma Agraria. No podíamos ser “libertadora” porque nuestras sirvienticas llo­raron de ale­gría el día en que Batista se fue y entramos en La Habana y hoy continúan dando datos de todas las manifesta­ciones y to­das las ingenuas conspi­raciones de la gente “Country Club” que es la misma gente “Country Club” que usted conociera allá y fueran a veces sus compañeros de odio contra el peronismo.
Fíjense ustedes la profundidad de este pensamiento de don Er­nesto Guevara, la percepción que él tenía, a pesar de la dis­tancia, a pesar de los años transcurridos, de este fenómeno que eran las revoluciones nacionales y populares. De la mima ma­nera que se había quejado de que la Revolución Mexicana es­taba siendo traicionada, que México estaba prácticamente ven­dido a los yan­quis, aunque fueran conceptos quizás demasiado categóricos. De la misma manera que había denunciado aquí no­más, en Bolivia, que él pasa en ese año 53, cuando baja del tren ahí en la estación de La Paz, se encuentra con las milicias ar­madas, gente con car­tuchos de dinamita saliéndole del saco, fusiles y ametralladoras en la espalda, un espectáculo que cual­quiera de nosotros, que no ha pasado ni siquiera por el servicio militar, puede darse cuenta que era una cosa dantesca eso de ver centenares de hombres ar­mados hasta los dientes que habían ya vencido al ejército popular y que habían tomado el poder. Y sin embargo, cuando él va un día al ministerio de Asuntos Agrarios se encuentra con un espec­táculo que seguramente us­tedes no podrán creer, pero que noso­tros hemos visto, que es el de la fumigación, fumigación con una máquina de flit, que no sé si ustedes conocen también qué es eso, porque ya no existe más, pero bueno, una máquina que hecha un líquido, que hecha un vaporizador, sería ahora, pero de DDT, que era un poderoso, como podría ser cualquiera de los productos que hay ahora, para matar las pulgas, las chinches, los piojos y todas esas mi­longas. Y entonces ve que los indios, cuando venían a ver los propietarios los hombres que habían hecho la revolu­ción, con el fusil al hombro le tiraban DDT. Entonces le dice pero qué es esto, dice, cómo lo tratan así, si estos son los dueños del país, los dueños de las tierras, estos son los que han hecho la revolu­ción. Y sí, pero si no, vienen con chinches, vienen con piojos, y hay que hacerlo. Y entonces Guevara cáusticamente dice esta es la revo­lución del DDT. Es decir que también tenía esa per­cepción crítica de los movimientos como el APRA de Perú, que también men­cionó el compañero, que ya notaba que había un ala claudicante o negociadora, también denunciaba que aunque estuvieran en con­tra de Odría y todo eso había diri­gentes más, digamos, a la dere­cha.
Es decir que el Che tuvo, y eso es lo que me gustaría que les quedara a ustedes de este tema de la influencia del Che, no voy a hablar de la influencia de la Revolución Cubana, porque cómo hacer para tener un metro para medir cuánto influenció la Revo­lución de un lado y del otro, no sé, quizás sería… Nadie podría de­terminar qué movió a cada uno de nosotros a luchar a pelear. ¿Fue el ejemplo de allá o fueron nuestros propios sen­timientos nacionales?. Puesto a poner ejemplos, ¿me quedo con los anar­quistas expropiadores, me quedo con los que lucharon en la Pata­gonia Rebelde, me quedo con los que lucharon contra, lamenta­blemente, contra Yrigoyen en ese año 16, en los Talle­res Va­sena?. En fin, las influencias cada uno las puede buscar en Ma­chaca Güemes, Juana Azurduy, o en Ernesto Gue­vara, o en Fidel Cas­tro, (…) en Nasser, en el que quieran. Cada uno es dueño de te­ner esas in­fluencias imaginarias pre­sionándolo o alimentándolo, alimen­tando los sueños para poder motorizar una revolución. Pero como no puedo hablar de esa Revolución gigantesca pre­fiero hablar solamente de don Er­nesto Guevara, para terminar en dos ejemplos concretos que me parecen hermosísimos y que no han sido resca­tados, lamenta­blemente. Es más, diría yo, hasta han sido silencia­dos, porque a veces hay hechos históri­cos, queridos com­pañeros, que evocar­los nos pone en orsai frente a la historia, nos pone en falsa es­cuadra de decirnos: ¿y qué hicimos nosotros en esa época, dónde estábamos?. Enton­ces, más vale no los nom­bremos, de­jé­moslo ahí, que algún loco nostálgico se acuerde de ellos.
Entonces, como del tema se trata, de la influencia de Gue­vara y la Revolución Cubana en nuestro Cono Sur y en nuestro conti­nente, quiero rescatar la memoria de los compañeros del Ejército Guerrillero del Pueblo, de los hombres del Che Gue­vara: Hermes Peña, Dávila, Castellanos, el Papi Tamayo Mar­tínez, y tantos otros compañeros cubanos del riñón de Er­nesto Guevara, de los que lo acompañaron en la sie­rra, estos guajiros que le enseñaron a hablar claro. Ellos vinie­ron aquí, compañe­ros, estuvieron en esta tierra bendita de nues­tra patria, y murie­ron, algunos de ellos en Salta, en condiciones que nunca sabre­mos, porque la selva se los ha tragado. Hermes Peña sa­bemos que murió en un enfrenta­miento. Jorge Ricardo Masetti, her­mano nuestro, también, en el afecto, otro Che Guevara de todos esos innumerables que han re­corrido la geografía de América Latina, de Brasil, del Uruguay, de Chile, de Perú, de Bolivia, de tantos otros países que no han tenido esa notoriedad, pero que estaba allí donde debía estar. Jorge Ricardo Masetti, un periodista argentino que en aquellos años en que todavía se lu­chaba en la Sierra Maestra se fue a ha­cerle una entrevista al Che y que, como él dijera una vez, quien abre los ojos no puede volver a cerrarlos. Los abrió al lado del Che haciéndole una en­trevista en la Sierra Maestra, y se quedó para siempre, primero en Prensa Latina, después, an­tes todavía haciendo unas misio­nes importantes en la Argelia revolucionaria, esa Argelia que luchaba contra el colonialismo francés, y después se vino para aquí para instalar esa guerrilla. Algunos de los com­pañeros es­tuvieron presos, también, con los compañeros del Ejército Gue­rrillero del Pueblo, con una identi­dad falsa pudieron pasar como peruanos, en el caso de Castellanos, pudieron salir en el caso de Papi, que es uno de los grandes compañeros que muere con Ernesto Guevara en el último combate de la quebrada del Yuro, en Bolivia. Esos hom­bres, compañeros, estuvieron aquí, en Buenos Aires, en La Plata. Estuvieron buscando hombres, pri­mero, a través de los partidos existentes entonces, el Partido Co­munista, la Juventud Comunista, en fin, tampoco queremos hacer ningún macartismo acá, estamos evocando hechos histó­ricos, no es que querramos criticar a nadie y nadie se tiene que hacer res­ponsable de lo que otros dirigentes no hicieron en aquel momento, bienvenido todo militante de cualquier partido que sea, pero estoy hablando de ese preciso momento en que hombres del riñón de Ernesto Guevara, con el apoyo, con la preparación, con el con­senti­miento, con el aval de Ernesto Guevara, vinieron a nuestro país y se quedaron en la más abso­luta soledad. Porque siempre había un pero, no estaban dadas las condiciones, ustedes pecan de voluntarismo, ustedes son pequeños-burgueses desesperados, hay que esperar, no se puede hacer una revolución en este mo­mento, etc., etc., etc. Esos com­pañeros que necesitaban la soli­daridad re­cibieron toneladas de documentos donde se explicaba por qué no se podía hacer. Ése es el gran reto, el gran desafío de la epopeya guevarista, de los miles de Guevara que andan to­davía sueltos por el mundo. Pe­dir lo imposible, desafiar las condiciones, saber que todo es po­sible a condición de que uno crea que es posible, de que uno actúe como piensa, que no se castre y no se haga gambeta a sí mismo, quedándose encerrado en el cuarto o en la reflexión de es­critorio nada más, y poniendo frases rimbombantes y análisis bri­llantes sin ir al pueblo, sin te­ner puestas las dos patas en el pue­blo, con el pueblo, escu­chando sus tiempos, escuchando sus lati­dos, avanzando con él.
Y luego, este otro gran ejemplo que nos deja Ernesto Gue­vara, que no es tampoco demasiado conocido pero que merece ser rescatado, cuando dice que el verdadero revolucionario se mueve por sentimientos de amor. Y nadie, como parecería ser que no es una categoría marxista-leninista, del pensamiento científico, hace hincapié, hace sendero en esa idea de qué es el amor sino la en­trega por el otro, sino el sentimiento de darse por entero a los de­más, aún a aquellos que no piensan como noso­tros, como aquellos dos soldaditos bolivianos a quienes el Che no les tiró porque los vio envueltos en esa cobija sabiendo que eran puro pueblo, tam­bién, aunque estuvieran en ese momento sirviendo a un gobierno militar.
Creo que ésas son las grandes lecciones de la influencia de Ernesto Guevara. Todo lo demás lo dijo el compañero, el ejemplo de Cuba, no voy a entrar a analizar si tal o tal, no me interesa. Creo que hay un ejemplo ahí, le podremos poner 20 rótulos a las revoluciones, les podremos poner etiquetas a todas las cosas para no confundir… Nadie es, compañeros, lo que dice que es sino lo que hace. Ésa es la gran lección que nos ha de­jado la Revolución Cubana y Ernesto Guevara.

 

G. Cieza:
Pasamos ahora a las preguntas y a los compañeros, si al­guien quiere decir algo desde el público. Le vamos a dar a la compañera Reina Diez que quiere hacer una pregunta o, a lo mejor, hacer al­gún comentario.

 

Reina Diez:
Sí, yo tengo una duda, una duda profunda que me gustaría que me la disiparan, que me la aclararan. Con mis lecturas he en­contrado, en algún momento de ellas, de esas lecturas, alguna re­ferencia al Che Guevara y alguna referencia también al Par­tido Comunista de aquella época. He encontrado que había quienes lo consideraban pasible -al Partido, ¿no?- pasible de crítica por ha­ber dejado como en una especie de soledad y de aislamiento al Che. Es cierto que uno piensa toda la personali­dad gigantesca del Che no está como para ser envuelta en dudas ni cosas. La duda no es sobre él. Además uno se pregunta en algún momento, ¿es po­sible que un hombre tan generoso en su vida, tan imparcial, tan hecho a acreditarse el sentimiento y el afecto del pueblo, se haya opuesto terminantemente a tener una acción común con el Partido Comunista en Bolivia?. Algunas cosas también leí de que en esos momentos el comunismo en Bolivia pasaba por un momento de unificación de prácticas, en fin, todo complementario. Pero cuando yo pienso en el Che me encuentro con una gran soledad. ¿Es posible que esa persona tan generosa, tan compartidora, tan amiga de los demás, tuviera algún resquicio de amor propio, de una pequeñez que le impi­diera compartir algo que podría llegar a ser el principio de una gesta tremendamente estupenda?. Entonces yo quisiera que us­tedes me dijeran si fue realmente intransigencia del Che lo que impidieron que tuviera otro sentido, otra realidad, otro espar­cimiento, lo que estaba haciendo este hombre, que al­gunos ahora lo ponen como que es el que quiere ir a morir a algún lado. ¿Cómo iba a querer ir a morir?. Iba a vencer, iba a poder, iba a juntarse con todos aquellos que fueran como él para lu­char. Entonces, nada más que ustedes me digan si en realidad fue un tremendo error del Partido Comunista, no decir, despo­jándose de toda vanidad, acá estamos nosotros, nos va bien, nos va re­gular, lo que sea, pero véanos, compañero, como al­guien que lo va a se­guir por esas quebradas, por esos lugares, hasta que cai­gamos a sus pies, o si no (…)

 

M. Gaggero:
En realidad, digamos, los hechos, para ser sintética la res­puesta, en realidad hubo un debate en Bolivia entre el Che y la di­rección del Partido Comunista boliviano. Ese debate partía de una concepción que tenía el Che. El Che, y ésta es una de las conclu­siones de la experiencia revolucionaria cubana y de los planteos del Che, planteaba que el núcleo dirigente de todo movimiento revolucionario, o del proceso revolucionario, tenía que estar en el monte, en la guerrilla, digamos, el núcleo de di­rección tenía que estar en la guerrilla, digamos, en el monte. Él le plantea a la di­rección del Partido Comunista boliviano no que no participe en el proceso, por el contrario, el Che siempre había planteado que los procesos de liberación tenían que ser articulados por un frente muy amplio. Incluso en la Argentina en el “Mensaje a los argenti­nos”, en el año 62, hablaba de co­mu­nistas, peronistas, radicales, cristianos, o sea que él era com­prensivo de todas las culturas po­líticas y de todas las vertientes. Lo que discute en concreto con el Partido Comunista boliviano, y que determina a su vez una frac­tura dentro de este Partido, es dónde estaba el núcleo. Él decía, bueno, si ustedes se plantean dirigir el proceso revolucionario súmense y vengan a la mon­taña. Ésa era un poco la respuesta. Y esto produjo una fractura y la juventud del Partido Comunista boliviano se suma al Che, con los Peredo, y participa de la expe­riencia guerrillera. Y a su vez, un sector que encabezaba Moisés Guevara, que tenía rela­ciones con el movimiento minero, con el movimiento campe­sino boliviano, también se suma a la guerrilla, y es Guevara uno de los que muere con el Che y los restos que fueron encon­trados ahora en Valle Grande. O sea que, evidente­mente, no era una cuestión de vanidad. Yo no, no estaba plante­ando el Che yo soy la dirección, vengan al pie, sino planteaba, bueno, el nú­cleo, porque era una concepción, el núcleo de la di­rección debe estar en el primer lugar de donde se planifica todo el desarrollo de la guerra revolucionaria, ahí debe estar la dirección. Enton­ces, la invitación al Partido Comunista era súmense, vengan a la montaña, peleen, combatan y participen de este proceso que queremos abrir entre todos. Ésa era la, creo que es ahí…

 

R. Napurí:
Señora, el problema que tenían los partidos comunistas era que, como toda la izquierda, se habían opuesto inicialmente a la acción de los guerrilleros. Pero cuando ellos triunfan, esa reali­dad obliga a la gente a pensar sobre el hecho de la victoria de una re­volución de ese tipo en América Latina. Los partidos comunistas habían tenido una posición hostil en América La­tina a que se hi­ciera la revolución, de acuerdo a lo que se pactó después de la guerra en Yalta y Potsdam de que esta zona que­daba para Estados Unidos, como si fuera su patio trasero. Con­forme eso, la gente del Partido Comunista Cubano, el Par­tido Socialista Popular, Mari­nello y Carlos Rafael Rodríguez, sus líderes principales fueron ministros, incluso, de Batista. Cuando yo fui a Cuba el 8 de enero de 1958 todavía había en las pare­des carteles o pegatinas que de­cían “Viva Batista, Par­tido Co­munista”. Pero el Partido Comu­nista, al progresar la Revolu­ción en Cuba, a mediados del 58, cambia de posición, se suma a la huelga del 9 de abril y después, obviamente, apoyan la Re­volución en Cuba. En América Latina pasa un problema pare­cido. Como la Unión Soviética a partir de 1960 establece rela­ciones privilegiadas con Cuba, como usted co­noce y que no voy a resaltar la magnitud de las mismas, los parti­dos comunis­tas tienen que alinearse. En el caso de Bolivia yo le pregunté a Béjar, que es mi amigo, hace unos meses que estuve en Perú, cómo, el Partido Comunista tenía que apoyar a la gue­rrilla de Béjar para que entrara a Perú; le pregunté, le dije oye Héc­tor, qué pasó con el Partido Comunista. Entonces mira, me dijo, lo que pasó con el Partido Comunista es que el secretario general, Mario Monje, había pactado con Fidel darle el apoyo, varias veces en Cuba y otros lugares, pero cuando el Che apa­rece en Bolivia la Unión Soviética no es partidaria. Y como consta en todos los textos que yo he citado, (…) se hace presente en Cuba y cuestiona la presencia del Che en Bolivia. Eso deter­mina un he­cho político que Monje y la dirección del Partido Comunista, con Simón Reyes y otros, que habían deci­dido apo­yar al Che, tienen que optar entre la disciplina de los partidos comunistas y la dis­ciplina a Moscú, y la disciplina a Cuba y a Fidel Castro. Dice bien el compañero, los hermanos Peredo y otros cuadros siguen al Che, pero la dirección del Partido Co­munista decide no apoyarlo por disciplina a Moscú. Y entonces el Che se queda en soledad. Eso determina una tra­gedia para él, porque él con­fiaba directa­mente en el apoyo del Partido Co­munista para su guerrilla que, como usted sabe, no era una gue­rrilla boliviana, sino una guerri­lla estratégica donde 500 ó 1000 guerrilleros se iban a formar de Perú, de Chile, de Brasil, para que, después de entrenados uno o dos años, las co­lumnas marcharan cada una a sus países, y él te­nía pensado en­trar con dos columnas a la Ar­gentina. Por eso es que Masetti se deno­minó Comandante Se­gundo, porque fue a avanzar en 1963, como dice bien el com­pañero, con otros cuba­nos para explorar las condiciones de la zona en que él debería operar después. En­tonces el Partido, la posición del Partido Co­munista es una po­sición política de alta dimensión. Tuvieron que optar entre la disciplina a Moscú y la disciplina a lo que era la deci­sión del conjunto de los partidos de América Latina, con Co­dovilla y Ghioldi a la cabeza, o apo­yar al Che, e hicieron no apo­yarlo, salvo los compañeros boli­vianos que igual siguieron con el Che y que él da su constancia y su presencia en su diario. Ése es el hecho político importante, de una dimensión enorme, de lo que algunos han denominado la traición del Partido Co­munista a un acuerdo, realmente pac­tado en La Habana, del apoyo de Monje y otros a la acción de la guerrilla estratégica del Che.

 

G. Cieza:
Tengo otra pregunta. A Manuel Gaggero, dice: ¿Qué lec­tura o qué conclusión se puede sacar de la derrota del Frente San­dinista de Liberación Nacional ante Violeta Cha­morro? ¿La gente estaba cansada de la guerra y veía como una única sa­lida la ida del Frente, o se debió a errores de conducción, por lo cual perdió consenso?.

 

M. Gaggero:
Yo creo que había una combinación de factores. Por una parte, es cierto que la gente estaba cansada de la guerra. Sin duda, la población sufría, y más la población de la zona norte del país, y en general todo el país, sufría las consecuencias de la guerra. La acciones de hostigamientos contrarrevolucionarios llevaban a permanentes bloqueos de alimentos, había problemas de alimen­tación, de alimentos, en las ciudades. En Managua se vivía esta situación. Creo que por un lado esto. Por otro lado, evidentemente es para discutir si la Revolución Nicaragüense, esto que yo decía, se entendió como un tránsito hacia el socia­lismo y habría que ha­berlo profundizado, o si por el contrario al quedarse en este pro­ceso de tránsito, aprobar lo de los acuerdos de Contadora y acep­tar, de alguna manera, las imposiciones de algunos gobiernos cen­troamericanos, la Revolución Nicara­güense se queda a mitad de camino y sin profundizar el pro­ceso, y estos errores llevan a que se pierda consenso y populari­dad en el país. Por eso digo que es una combinación. Creo que el cansancio de la guerra operó, sin duda, y por otro lado, evi­dentemente, hubo errores de conducción que habría que anali­zarlos en una clase mucho más amplia que esta.

 

G. Cieza:
Acá hay una pregunta con una letra muy chiquita pero va­mos a ver si la podemos leer. Señor Napurí: ¿Quiénes fueron y en qué términos los que trataron, en el tiempo en que el Che se encon­traba en Bolivia, hacer la guerrilla en Perú? ¿Y con qué saldo se encuentra en este momento el Partido Socialista en Perú y los partidos de izquierda?.

 

R. Napurí:
El diario del Che da cuenta de tres peruanos que estuvieron en su guerrilla: Juan Pablo Chang Navarro Rébano, Roberto Galván y José Flores Cabreras, el médico que figura con la chapa del Ne­gro en su diario. Esos fueron los tres peruanos que combatieron al lado del Che. Y como consta y se ha visto en lo que la prensa co­munica últimamente, el Chino Chang, que le llamaban, murió unas horas antes con el Che, porque fue captu­rado también vivo y fue fusilado en La Higuera, como digo, un momento antes. El compromiso de Juan, que era mi amigo y compañero, en lo de Perú, como consta también en el diario, era abrir un frente gue­rrillero ya con 15 hombres. Pero yo cuento en la entrevista que me hace la revista Herramienta en el número cuatro, cómo mi organización, Vanguardia Revolu­cionaria, envió decenas de hombres a formarse militarmente a Cuba para apoyar la guerrilla del Che. El Che, obviamente, no estaba en Cuba en ese momento sino estaba en el Congo, sa­liendo del Congo para ir a Bolivia. La condición que nosotros poníamos para que nuestro partido se vol­cara a un apoyo total a la guerrilla del Che venía de la reflexión, porque las dos gue­rrillas en Perú del año 65, el Ejército de Libe­ración Nacional y el MIR de mi partido, habían fracasado prácti­camente sin entrar en combate, salvo el comandante Lobatón, que hizo cinco o seis acciones en la sierra central del Perú. Con ese balance que no pudimos hacer con el Che, nosotros quisimos ha­cerlo en Cuba, eso nos llevaba a una discusión sobre una cierta coordi­nación latinoamericana de los movimientos guerrilleros, sobre la estra­tegia de la revolución en América Latina, y el pro­blema que habíamos discutido con el Che cuando los días del acuerdo en Cuba, entre el 59 y el 60, de la naturaleza o el carác­ter de la in­surrección en Perú. Porque de la Puente, que era un hombre muy experto en el problema agrario y campesino del Perú, le planteaba al Che, en esos momentos, de que las comuni­dades campesinas en Perú, que eran 10 ó 15 mil, que el movi­miento campesino era un movimiento históricamente organizado y que al unirnos nosotros, el APRA Rebelde con Cuba, eso era un foco de atracción que podía desagregar y producir una crisis en el partido enorme de masas que era el partido aprista, que diri­gía Haya de la Torre. De tal manera que lo convencimos al Che que nuestro movimiento era más que una guerrilla, es decir, que había que considerar esos factores importantes de la posi­bilidad de un trabajo en el campo y un trabajo en la ciudad. Por eso es que los libros que yo digo, tanto el de Paco Taibo como de Castañeda, incluso ahora que he leído también de An­derson, comunica que el Che privilegiaba ir a combatir a Perú porque creía que lo nuestro iba a ser lo más importante. El Che, desde que lo conocimos, de­cía yo voy a pelear al país donde haya más posibilidades de hacer un desarrollo, la pro­fundización de la guerra revolucionaria, y en un momento creyó que Perú. La­mentablemente lo de Perú se vino al suelo, es decir, eso fracasó profundamente, y el Che opta por lo de Bolivia en las condicio­nes que la historia ha recogido.
No entiendo mucho la segunda parte de la pregunta del com­pañero, respecto del Partido Socialista, porque no hay Par­tido Socialista en Perú. Hace mucho tiempo que el Partido So­cialista, que era un pequeño partido formado por obreros del petróleo y por un intelectual importante, prácticamente desapa­reció de la es­cena peruana. Si se trata de la izquierda, esa iz­quierda peruana, que fue muy importante, tan importante que por la actividad de las masas, en general, no solamente hubie­ron en la década del 70 órganos de dualidad de poderes, como las asambleas populares y los frentes de defensa de tipo sovié­tico, no como la Unión Sovié­tica sino como de Perú, que seña­laban prácticamente que los pro­cesos revolucionarios en Perú, como después en Bolivia con la asamblea popular, iban a tener un ca­rácter específico. Pero esa iz­quierda poderosa que, in­cluso, se tradujo teniendo el 40% de la votación, y en el caso de nosotros el 21% que obtuvimos en las elecciones a la asamblea constitu­yente, entró en una crisis, tam­bién, cuyo balance no se ha he­cho. Hoy, entonces, la izquierda peruana tiene que re­flexionar, como yo invité en la última parte de mi exposición. Está en una etapa de reconstrucción de su iden­tidad y de su per­sonalidad. Y depende de la profundidad de este balance, porque las condi­ciones objetivas, materiales, reales están dadas; es, como mu­chos países de América Latina, un país mag­nífico para el desa­rrollo de posibilidades políticas, para movili­zación de masas y revolucionario. De tal manera que ese balance está pendiente, también, y hay que hacerlo generosa y profunda­mente en Perú, como en cada país de América Latina.

 

G. Cieza:
Bueno, acá desde el público me piden el micrófono porque querían hacer una referencia con respecto a Cuba, a la posición de Fidel Castro con respecto al llamado o a la convocatoria al resto de Latinoamérica.

 

Público:
Yo quería referirme a lo que el compañero dijo hoy, un ve­lado reproche, entendí yo, que hacía a Fidel y a su conducción por no haber mencionado, ni siquiera en sus homenajes al Che, el hecho del ideal del Che de extender la revolución en Latino­américa. Yo, usted es un sabio, yo soy una ignorante total, pero tengo mucho contacto con los cubanos, tengo 14 meses de per­manencia en Cuba, y supongo que usted debe saber perfecta­mente lo que le está costando a Fidel mantener el espíritu revo­lucionario del pueblo cubano, lo que le está costando mantener las estructuras socialistas en Cuba. Él mismo lo ha dicho, le cuesta más que ha­cer la revolución, lo dijo él mismo, y no tiene 30 años, tiene 71. La pregunta que quiero hacer es si nosotros necesitamos todavía que haya alguien de afuera que nos diga lo que tenemos que ha­cer. Cómo podemos pretender de Fidel también eso, no sé si me explico.

 

R. Napurí:
¿Me repite la pregunta?.

 

Público:
Sí, cómo podemos, con todo el esfuerzo que está haciendo Fi­del en este momento, lo que le está costando, que él mismo dice que le costó más que la revolución, le está costando más que ha­cer la revolución, yo pregunto por qué necesitamos noso­tros que venga alguien de afuera a decirnos lo que tenemos que hacer, por qué tiene que ser Fidel el que nos inspire el espíritu revoluciona­rio, por qué tiene que ser Cuba siempre la que haga todo por no­sotros. Estamos pretendiendo demasiado de Cuba.

 

R. Napurí:
Compañera, tomo con mucho respeto lo que usted ha dicho. Si usted se ha fijado, o si usted me escuchó o si yo fui claro o no fui claro, yo fui muy cuidadoso con Fidel. Porque yo le puedo decir el Che dijo yo no existiría sin Fidel, para decirle, Fidel fue el líder de esa Revolución. El Che ha mencionado, incluso generosa­mente, los rasgos geniales de Fidel. E incluso si usted quiere, para hacer una confidencia, cuando conversába­mos con el Che y los consejos que él nos daba de cómo tenía­mos que hacer la guerrilla en Perú, él nos contó una anécdota. Usted sabe que el Che pasaba por ser el hombre más valiente de los guerrilleros y que exponía la vida a cada rato. Entonces él nos dijo Fidel me ha recomen­dado, me ha llamado la atención, y me llamó la atención severa­mente en Sierra Maestra que yo no expusiera la vida innecesa­riamente. Porque la guerrilla, en cierta forma, repite, guardando los planos y la distancia, la con­cepción del ejército regular que el comando nunca muere, es decir, que no debe morir innecesaria­mente. Entonces, el Che nos explicaba que si no hubiera sido por la capacidad política de Fidel de haber encarado desde la Sierra Maestra, y después en todo el proceso de la Revolución Cubana, políticamente el problema, él no solamente no estaría vivo, sino no habría Revo­lución. Dicho eso, entonces, yo no tengo que qui­tarle nada de los méritos que ya ganó históricamente Fidel. Pero sí tengo que agregar una cosa que el sentido común nos indica. Fidel, ob­viamente, le llama período especial, como usted sabe, a esta si­tuación que usted ha dicho suscintamente. Este período es­pecial significa que como desapareció el campo llamado socia­lista, ¿o no?, entonces Cuba, que venía ligada a ese campo socia­lista, obviamente, se ha quedado sin ese sostén, y ha quedado prácti­camente, desde el punto de vista del sostén que tenía con el campo socialista, a la deriva. Y tiene al imperialismo nortea­meri­cano ahí, ya no dejando pasar como cuando se equivocó, cuando yo expliqué que pasó, estando a 90 millas, en la época de la insu­rrección en el año 58, sino ahora sí agrediendo a tra­vés del boicot y con muchas ganas de poder intervenir, si hu­biera intervenido como en la crisis de los misiles. Pero la vida es la vida, la historia es la historia, Fidel tiene varios balances que hacer. Uno, el gran balance, que usted ha insinuado, res­pecto en qué momento está y cuál cree él que va a ser el destino de la Revolución. Y el otro más particular de América Latina, el balance sobre el movimiento guerrillero, que no se ha hecho. No lo pudo hacer todavía el Che porque murió, seguramente lo hubiera hecho, y que Fidel no lo hizo. Y el balance, también, del período de la muerte del Che hasta hoy, donde usted sabe que con las controversias que tuvo el Che en las últimas etapas con la Unión Soviética, como lo prueba su intervención en Ar­gel, después Cuba terminó amarrada total­mente al llamado campo socialista, a los países del socialismo real. Ese balance tampoco no ha sido hecho. Y respetuosamente lo digo, porque así es la vida, así es la historia, y de ninguna ma­nera hay que asustarse se estas cosas.
Ahora, yo coincido con usted: no necesitamos que Fidel Cas­tro nos enseñe lo que hay que hacer. Lo que sí necesitamos es que Fidel Castro nos haga un balance y que nos provea de materiales, de acuerdo a su reflexión, porque él ha hecho un capítulo muy importante de la historia, no solamente de Cuba, de América La­tina. Eso todavía no lo tenemos en mano.
Público:
(…)

 

R. Napurí:
No, ya sé, por eso le digo, yo no le pido que lo haga, yo le digo que no lo tenemos. Y desde el punto de vista de todos aque­llos que hemos combatido, y que combatimos, y que tene­mos la fe, y que no hemos abandonado el proyecto de hacer la revolución en nuestro país y la revolución socialista, obvia­mente, sí, tenemos una lección: ningún hombre salvador nos puede salvar. Es nece­sario apelar a las fuerzas del pueblo, bus­car en esas fuerzas que viven entre los estudiantes, los campesi­nos, los obreros, todos aquellos explotados y oprimidos, las ca­pacidades de respuesta que ellos tienen. Y ayudarlos solamente, no dirigirlos, no mandarlos, como antes, no enseñarles un ca­mino prefigurado, sino aprender de esa historia real, viva, de lo que crean los hombres y las masas, qué organizaciones, qué ins­trumentos, qué modalidades, qué forma de combate nos vamos a dar. Esto es lo que yo considero que es el capítulo de América Latina que la reflexión, donde lo de Cuba, como antes lo de Bolivia, como lo de Guatemala, también son piezas fundamen­tales en la vía de comprender lo que no de­bemos hacer y lo mu­cho que debemos hacer partiendo de esas ex­periencias.

 

G. Cieza:
Bueno, tenemos 48 preguntas, así que primero les voy a pedir que no hagan más preguntas. Le voy a pedir, también, al compa­ñero Napurí, que sea breve en sus intervenciones. Y voy a tratar de juntarlas a las preguntas para ver si las podemos con­testar. Hay dos preguntas referidas a Sendero Luminoso y al MRTA. Esas preguntas voy a sintetizarlas en una. Están hechas a cual­quiera de los tres y dice: ¿Considera que ante la actual situa­ción política y social de Perú tiene sentido una acción soste­nida de grupos armados que se reivindican marxistas como Sendero Luminoso o el MRTA?. Contesta cualquiera de los tres.

 

R. Napurí:
Seré breve no solamente porque me lo pidan los compañe­ros sino porque hay que ser breves, y por respeto a ustedes. Sendero Luminoso es una organización no de tipo cubana sino maoísta, que ha tomado lo que podríamos llamar el mensaje político de Mao para traducirlo en una realidad revolucionaria en Perú. Ob­viamente, ellos no son o no han seguido las huellas del Che ni han señalado el camino. Pero sí hay una cosa en que prácticamente se junta la concepción que elaboraba el Che y la concepción de Sen­dero Luminoso. Porque así como el Che de­cía que hay que desa­rrollar la guerra de guerrillas en el campo, Sendero Luminoso parte del campo y de los campesinos, y los dos tienen la concep­ción que el desarrollo de la guerra de gue­rrillas va a llevar al ejército de liberación nacional que va a li­berar después las ciuda­des. En eso el Che, en mi concepto, era más maoísta que leninista. Termino nomás diciendo lo de Sen­dero Luminoso, que ese mo­vimiento revolucionario, que no es exactamente guerrillero, y que no voy a explicarlo acá porque no es el tema, ha sufrido una gran derrota, no derrota estraté­gica, diríamos, para siempre, sino ha recibido golpes muy du­ros, tanto que Abimael Guzmán, su máximo dirigente, con toda su dirección está presa, como ustedes saben, detenida por este bandido llamado Fujimori, a quien quie­ren muchos imitar en América Latina, incluso el presidente Me­nem. De tal manera que un balance de este movimiento revolu­cionario hay que ha­cerlo, porque tiene características particulares. Se le ha dicho milenarista, Abimael Guzmán dijo yo soy la quinta espada de la revolución, es decir, después de Marx, Lenin, Stalin y Engels yo soy la última espada. Y ha tomado en forma nega­tiva, di­ríamos, muchos elementos de la cultura indígena del país para mitificar prácticamente a su partido y mitificarse él. Son los as­pectos negativos de este movimiento insurreccional. Pero el balance está abierto para Sendero Luminoso, como está abierto para el MRTA, también, que me preguntan, que es la otra gue­rri­lla, la que tomó la Embajada, si ustedes recuerdan, de Japón. Y esa sí es una guerrilla de tipo guevarista. Pero esa sí ha sido de­rro­tada. En realidad, la acción de la toma de la Embajada ha sido una acción espectacular de su líder, casi final, diríamos, para tra­tar de reconstruir lo que pudiera su guerrilla, pero sobre todo para negociar la legalidad de la guerrilla, que pide hace tiempo legali­dad, desde la época del gobierno de Alan García, pensando como en Colombia reintegrarse a la vida política. Pero Fujimori, que es un presidente con vocación asesina, como ustedes saben, no tomó este pedido de los compañeros que ha­bían tomado la Embajada, los engañó, los maniobró y, por úl­timo, terminó asesi­nándolos, como la prensa mundial ha con­tado. Ésa es la otra gue­rrilla en Perú. De las dos todavía es más vigente la de Sendero, es más golpeada y casi en proceso de de­saparición la guerrilla del Mo­vimiento Revolucionario Tupac Amaru.

 

G. Cieza:
El proyecto de insurrección general contemplaba como paso previo la guerrilla estratégica en Bolivia, ¿tenía en cuenta la apertura de columnas o establecimiento de focos en el Brasil? ¿Hay alguna explicación de por qué no tuvie­ron tanta trascendencia las experiencias revolucionarias en ese país?.

 

E. El Kadri:
Lo de Brasil, no sé quién está interesado por Brasil, es una guerrilla anterior al desembarco de Ernesto Guevara en Bolivia. Tiene una vieja tradición de lucha, ya la Columna Prestes, en fin… El Partido Comunista brasileño se divide, también, y Carlos Marighella, que era el secretario general en esa época, conduce una guerrilla, el MR-8 de Octubre, Movimiento Revo­lucionario 8 de Octubre. Un capitán del ejército, Carlos La­marca, también se subleva, se va con unos soldados y con una gente a hacer una guerrilla, hasta que finalmente es asesinado en un momento que estaba descansando bajo un árbol. Hay mucha gente que ha pele­ado en Brasil. Brasil es un proceso in­teresante. Ya en el año 63-64 la guerrilla urbana secuestró nu­merosos embajadores. Es una de las pocas guerrillas que ob­tuvo la liberación de todos los pre­sos que pedían cada vez que secuestraban al embajador, por ejemplo de Alemania, el de Es­paña, creo, el de Suiza, cuatro o cinco, y el gobierno militar, la dictadura militar tomaba esos cien prisioneros y los mandaba en un avión a Argelia, hasta el año 65 era el destino más o menos normal de los brasileños que eran sa­cados de las cárceles. Mu­chos de ellos ya regresaron al país. Al­gunos son integrantes de la cámara de diputados. Gaveira, un fa­moso guerrillero que se­cuestró a un embajador y después cayó detenido, y sus compa­ñeros secuestraron a otro y lo sacaron a él también, ha escrito un libro a por otro compañero, y se ha hecho una película que creo que el año que viene, en marzo, va a ser presentada acá. Pero fue una guerrilla realmente numerosa que tuvo muchos mártires, con muchas compañeras, también, con una fuerte participación de mujeres. Pero como no tuvo una continui­dad, digamos, ya en el año 67-68 podemos decir que fue desbara­tada y que ya no volvió a actuar en ese país. Eso es lo único que sé de la guerrilla de Brasil.

 

G. Cieza:
Hay algunas preguntas que están centradas en Nicaragua. Hay una exposición de Gaggero y algo que dijo Napurí. Voy a leer las dos preguntas. Una dice: El señor Gaggero, en refe­ren­cia la R
evolución Nicaragüense, se refirió entre otros te­mas a: 1) la participación de combatientes de otras naciona­lidades en el proceso revolucionario; 2) las distintas formas de propiedad que se establecieron luego de la Revolución. Usted, compañero Napurí, podría expresar: a) la formación y la experiencia de la Brigada internacionalista Simón Bolí­var en la Revolución; b) el carácter de clase del estado nica­ragüense y, luego de la Re­volución, su relación con las dis­tintas formas de propiedad; c) si coincide con la expresión de Gaggero al definir la Revolu­ción Nicaragüense como una revolución democrática en trán­sito al socialismo, y si cree que se cumplieron las tareas demo­cráticas de la Revolución sin que se haya expropiado el capital como sí ocurrió en Cuba; d) el rol del castrismo, de la burgue­sía latinoameri­cana en la Revolución Nicaragüense, y su pos­terior desen­lace. Y la otra pregunta es, está dirigida a Gaggero y Napurí: ¿De qué modo incidió en el fracaso de la Revolución Nica­ragüense la subordinación a la Unión Soviética ya que, a diferencia de la Revolución Cubana, la Nicaragüense sufrió desde el inicio la influencia de esa potencia?.

 

E. El Kadri:
No podemos contestar todo, piensen que son ya las nueve y cinco, de manera que haremos una respuesta breve…

 

M. Gaggero:
Sí, yo creo que se ha extendido demasiado, pero el tema de Nicaragua es apasionante e indudablemente vamos a tener dife­rencias en el análisis. De cualquier forma, yo creo que, diga­mos, no coincido para nada con el tema de que la crisis de la Revolu­ción Nicaragüense tenga algo que ver con la subordina­ción a la Unión Soviética, porque esto no es un elemento pre­sente en la Revolución Nicaragüense. Yo creo que los elemen­tos presentes en la Revolución Nicaragüense fueron estos que yo señalé. Bueno, el poco desarrollo que tenía el Frente Sandi­nista de Liberación en cuanto a cuadros cuando toma el poder, las dificultades que en­cuentra, el hostigamiento del imperia­lismo, la alianza con la bur­guesía que se parte rápidamente, y el debate, que aún está pen­diente en Nicaragua, sobre si esta Re­volución o si este período fue un período de tránsito o era éste el objetivo y éste era el final de la Revolución. Todo esto está en debate. Yo creo que, como decía hoy Napurí, hay muchas cosas sobre las cuales hay que hacer balance, y la Revolución Nicaragüense es una, y como está muy cercana y como todavía los protagonistas están ahí creo que, así como se debate al in­terior del Frente Sandinista en este momento, profundamente, todo lo que fue el proceso revolucionario, creo que también nos debemos todos un debate sobre esta interesante experiencia.

 

R. Napurí:
En cuanto a la Brigada Simón Bolívar, fue una iniciativa del compañero Nahuel Moreno y de otros, que se formó, se gestó a partir de Costa Rica, y que actuó en la zona sur de Ni­caragua, en los últimos tiempos del proceso revolucionario. Esta Brigada tuvo un problema, porque después del triunfo de la Revolución los compañeros tomaron la iniciativa de hacer campañas por la for­mación de sindicatos y por llamar a una asamblea constituyente, en los momentos en que la dirección sandinista, como ha expli­cado el compañero, estaba produ­ciendo los acuerdos con Violeta Chamorro y otros. De tal ma­nera que entró en colisión, y fue ex­pulsada del país a Panamá, donde muchos de los compañeros fue­ron torturados. Nada más, por ahora, respecto de eso, y de lo que yo conozco.
En cuanto al carácter de la Revolución, también lo ha dicho el compañero en su explicación. Fue una revolución democrá­tica, agraria, que tomó el carácter de revolución antiimperia­lista tanto porque con la reforma agraria, aunque fuera parcial, se enfrentaba a los intereses del imperialismo, como en concreto por todo el plan de agresión con los contras que montó el go­bierno de Esta­dos Unidos. De tal manera que tuvo un carácter de revolución antiimperialista. Lo que no tuvo, como Cuba, es el carácter de una revolución socialista, y los compañeros nica­ragüenses no lan­zaron, obviamente, la consigna de expropiar todo el capital en Cuba, y lo que pide el compañero es una frase que Fidel sí la dijo y la repitió siempre, que en su con­cepto Ni­caragua no debía ser otra Cuba, o sea que Nicaragua no debía avanzar tanto como la Revolución Cubana. Esos son los ele­mentos, diríamos, que hacen a la inferencia entre los dos proce­sos.
Desde el punto de vista personal, y muy brevemente, yo creo, no sé si coincidiré con el compañero, que la vía que te­nían los compañeros, cercados por Estados Unidos y enfren­tando los pro­blemas casi de una guerra civil interna también por la reac­ción blanca en el país, extender la Revo­lución, porque en El Salvador había un movimiento más que guerrillero muy desa­rrollado que estaba casi para tomar el po­der, y también la gue­rrilla guatemal­teca era muy antigua. De tal manera que yo me pregunto si una vía para salir del encie­rro, para escapar de las contradicciones múltiples, para impedir este retroceso que des­pués se ha produ­cido, no por vía electoral sino, incluso, de in­versión del proceso revolucionario, no era la internacionali­za­ción de la revolución, como pedía el Che, crear dos, tres Viet­nam, o sea, dos, tres revo­luciones más que hicieran la ga­rantía luchando todo Centroamé­rica contra la agresión del im­peria­lismo. Pero es una pregunta también que queda en inte­rro­gante del proceso histórico y del balance.

 

G. Cieza:
Bueno, vamos a hacer un cierre. Hay dos preguntas que son para Napurí, y creo que con eso él haría el cierre. Después yo le daría el micrófono a los compañeros, si tienen algo que decir. Para Napurí: En Perú, para seguir el camino revolucionario del Che, ¿hay que volver a lo esencial, a Haya de la Torre o a Ma­riátegui?. Y otra que dice: ¿Es posible hoy, con dema­siadas re­cetas, diría yo, la revolución o el impulso combativo de con­ciencia para un cambio social real en nuestro país?.

 

R. Napurí:
Hacen bien los compañeros argentinos que tienen tanto ca­riño por Mariátegui. Para los compañeros que no lo conocen, José Carlos Mariátegui era un intelectual peruano, más que in­telectual porque formó el Partido Socialista, que después de­vino en Partido Comunista, y fue el fundador de la central obrera de Perú, de tal manera que era un intelectual en esos años muy raro. Era un hombre que se enfrentó a Codovilla y, como la historia ha reco­gido, tenía una posición que partiendo del indigenismo, del cam­pesinismo y de la elaboración teórica que él hacía, tenía ideas particulares respecto del carácter de la revolución de nuestros paí­ses. Y en eso disintió con Codovilla y otros que tenían la direc­ción, prácticamente, de los movimien­tos, de los partidos comunis­tas de América Latina en su mo­mento. Mariátegui es, en realidad, un leninista. Y respecto de Haya de la Torre, las posiciones de Mariátegui son las posicio­nes de la revolución socialista. Tal es así que Hilda Gadea dice que la consigna de revolución socia­lista o caricatura de re­vo­lución la tomó el Che cuando ella le dio las obras de Ma­riá­te­gui en Guatemala, donde, para los que no conocen, Mariá­te­gui decía la revolución debe ser única y simple­mente socia­lista. Es decir, las dos consignas parecidas. Haya de la Torre no, Haya de la Torre es un dirigente del nacionalismo revo­luciona­rio en su momento, después del nacionalismo moderado, y des­pués que capituló abiertamente al imperialismo. Su partido, que es un partido que dejó de ser un partido antiimperialista en los años 30 para devenir en un partido conciliador y agente del im­perialismo, eso es el partido de Haya de la Torre, la Alianza Popular Revolucionaria Americana, que tiene una historia entre los años 28 a prácticamente el 50, y otro, después, de capitula­ción abierta al imperialismo.
En cuanto a la segunda pregunta, yo hubiera querido que el compañero que la hizo se la pidiera más a los compañeros ar­gen­tinos aquí presentes. Pero tengo un desafío, porque yo soy inter­nacionalista. Si bien tengo muchos nexos con la Argentina porque mi madre es argentina y porque yo viví exiliado acá diez años, y mi maestro en ese entonces fue el profesor Silvio Frondizi, con quien fundamos el grupo Praxis, y en mi condi­ción de dirigente del Movimiento al Socialismo en la Argentina hago un segui­miento de la situación política, yo soy de acuerdo al carácter de mi exposición los que creen de que Argentina se está metiendo en una reflexión muy profunda. La aparición de los libros como Tarcus y otros indican que hay un proceso no de revisión sino de actualización, todo lo que han hecho los compañeros mismos al hacer la defensa de sus posiciones en relación a actos del pasado, en realidad están abriendo el ca­mino para decir también qué ha­cemos en el presente. Obvia­mente, nosotros no creemos, por lo menos yo no creo que el porvenir esté en manos del FrePaSo ni en la Alianza con la Unión Cívica Radical, yo no creo de ninguna manera de que posiciones de esta naturaleza sean el camino que el pueblo debe seguir. Pero sí creo que este es un país formidable y que apenas los trabajadores, apenas los jóvenes, apenas todos aquellos que viven bajo las condiciones de la opresión se libren de, y me dis­culpe el compañero, de lo que significa la losa pero­nista, es de­cir, del peronismo de Menem, es decir, el peronismo que no es de los obreros, y que los obreros queden liberados para hacer su propia historia, que eso se va a producir, en mi concep­ción, en­tonces, cuando los obreros decidan a dar su grito, cuando deci­dan organizarse, cuando los jóvenes los acompañen, cuando to­dos aquellos que no han abandonado la lucha por la revolución se unan en este país, éste va a ser, y eso no es un saludo a la ban­dera, un formidable país que va a ser punta en las luchas re­volu­cionarias en nuestro continente. Ése es mi con­cepto particu­lar.

 

G. Cieza:
Cacho.

 

E. El Kadri:
No, simplemente agradecerles a los pocos que han quedado la paciencia de habernos escuchado. Como dije la otra vez ésta no es una cátedra, ninguno de nosotros, gracias a dios, es un obispo, mucho menos un oráculo, no tenemos fórmulas mágicas ni rece­tas salvadoras. Cada uno de ustedes tiene en sus manos la capaci­dad de encontrar su propio camino sin necesidad de iluminados, mesiánicos, ni pontífices de ninguna naturaleza. Así que muchí­simas gracias por haber aguantado hasta ahora.

 

M. Gaggero:
Bueno, yo también les agradezco que hayan estado. Y ade­más les quiero decir de que este espacio, o sea, lo importante del es­pacio de reflexión de las Cátedras del Che es, por un lado, que la hemos estado extendiendo en todo el país, acabamos de venir de Neuquén, hicimos un seminario la semana pasada donde se inició la Cátedra en la Universidad del Comahue, y el viernes que viene vamos a Salta. Se inició la Cátedra en Tucu­mán, Córdoba, Rosa­rio, ahora en Comahue, Mar del Plata, en Buenos Aires estamos dando el segundo cuatrimestre. O sea que hay dos elementos cla­ves que creo que caracterizan a estas Cátedras. Por un lado, el pluralismo, o sea, un espacio de re­flexión plural, no hay opiniones monocordes sino, por el con­trario, como la época que analizamos es muy pasional y todos la analizamos con pasión, es un análisis plural, todas las posi­ciones son aceptadas, debatidas, reflexiona­das. Y segundo, es una manera de compartir y de reflexionar so­bre una experiencia sobre todo el tránsito del movimiento revolu­cionario latinoa­mericano en este siglo a partir de Ernesto Gue­vara, antes y des­pués, y además teniendo en vista la posibilidad de ir, como de­cía recién Cacho, sin dar recetas, pero ir, en esta reflexión, sen­tando las bases de lo que tiene que ser, sin duda, el fortaleci­miento de las opciones revolucionarias en la Argentina y en todo el continente. Nada más.

 

G. Cieza:
Parece que unas palabras más quería decir…

 

R. Napurí:
Saludo a mis compañeros panelistas con todo respeto, agra­dezco la presencia y la paciencia de los oyentes, y agradezco también a los patrocinadores de la Cátedra Che Guevara por ha­berme invitado. No puedo más que manifestarles mi agrade­ci­miento por este hecho y, a su vez, por estar en contacto con jóve­nes, con la compañera que dramáticamente nos ha volcado su propia inquietud, y por todos aquellos, como ha dicho el compa­ñero, que aún amamos esta cosa hermosa de las esperan­zas, de forjar los instrumentos que nos lleven a la liberación definitiva de la explotación de todos estos verdugos del capital.

 

G. Cieza:
Los esperamos el sábado 8 de noviembre, “Influencia del Che en la Argentina”. Buenas tardes. 

 

Bibliografía
La influencia del Che y la Revolución Cubana en América La­tina

1- John William Cooke. “Carta de Cooke a Perón. La Habana, 3 de marzo de 1962”. En: Ernesto Goldar. John Wi­lliam Cooke y el peronismo revoluciona­rio. (cap. 2: “Polémica Cooke-Perón”; pp. 87-97). CEAL, Buenos Ai­res, 1985.
2- Juan Domingo Perón-John William Cooke. Correspondencia Perón-Cooke. Tomo II. Parlamento. “De Cooke a Pe­rón”. La Ha­bana, enero de 1966.
3- Michael Lowy. El marxismo en Amé­rica Latina. (De 1909 a nuestros días). Edi­ciones Era. 1982. Cap. 4: II. “El castrismo y el gue­varismo” (pp. 280-347). “Douglas Bravo, La guerrilla en Vene­zuela” (1964). “Camilo Torres, Men­saje a los cristia­nos” (1966). “La decla­ración de la OLAS” (1967). “La gue­rrilla urbana de los Tu­pamaros” (1968). “Roque Dalton, El Sal­vador, el istmo y la revolución” (1969). “Declaración de Principios del MIR” (1965). “El MIR y la Unidad Popular en Chile” (1973). “Miguel Enríquez, Las cau­sas de la derrota” (1974). “La Junta de Coordinación Revoluciona­ria” (1974). “Carlos Fonseca Amador, El Frente San­dinista en Nicaragua” (1969). “Comunicado del Frente San­dinista de Nicaragua” (1978). “El pro­grama sandi­nista para los campesinos de Nicaragua” (1979). “EGP de Gua­temala, La revolu­ción y los indíge­nas” (1979). “Coordinadora Revoluciona­ria de masas de El Salvador, Programa del Gobierno Democrático Re­voluciona­rio” (1980).
4- Frei Betto. “Carta abierta a Er­nesto Che Guevara”. En Casa de las Américas, Nº 206. Enero-marzo de 1997.
5- Adolfo Sánchez Vázquez. “La gran lección del Che”. En Casa de las Améri­cas, Nº 206. Enero-marzo de 1997.
6- Manuel Vázquez Montalbán. “En defensa del romanticismo”. En Casa de las Améri­cas, Nº 206. Enero-marzo de 1997.
7- Francisco Urondo. “Descarga”. En Casa de las Américas, Nº 206. Enero-marzo de 1997.
8- Néstor Cerpa Cartolini. “El Cholo “Evaristo””. En revista Tupamaros. Mayo de 1997 (pp. 8 y 9).
9- Subcomandante Insurgente Marcos. “La historia de los espejos”. Mayo de 1995. En: EZLN. Documentos y comunicados. 2. 15 de agosto de 1994/ 29 de septiembre de 1995. Prólogo de An­tonio García León. Cró­nica de Carlos Monsiváis. Ediciones Era, México, 1995. (pp. 367-388)
10- Subcomandante Insurgente Marcos. “Somos producto del encuen­tro de la re­sistencia indígena con la ge­neración de la dignidad”. 25 de agosto de 1995. En: EZLN. Documentos y co­munica­dos. 2. 15 de agosto de 1994/ 29 de sep­tiembre de 1995. Prólogo de Anto­nio García León. Crónica de Carlos Mon­siváis. Edicio­nes Era, México, 1995. (431-434)
11- Subcomandante Insurgente Marcos. “Mensaje del EZLN en la Ce­remonia de Inauguración de la Reu­nión Preparatoria Americana del En­cuentro Intercontinental por la Huma­nidad y con­tra el Neolibera­lismo”. La Realidad, Amé­rica. 4 de abril de 1996.
12- Tupamaros. “El Che. Un hombre del siglo XXI”. En: Tupamaros. Año 2, Nº 15, segunda época, 8 de octubre de 1997. (pág. 16).


Los cuadernillos de las desgrabaciones y de los textos que se indican en la bibliografía están disponibles para consulta en la Biblioteca Popular Héctor Germán Oesterheld. 

Anexo

MAESTRO Y FORJADOR

… Veo al Che como un gigante moral que crece cada día, cuya imagen, cuya fuerza, cuya influen­cia se han multiplicado por toda la tierra.
¿Cómo podría caber bajo una lápida?
¿Cómo podría caber en esta plaza?
¿Cómo podría caber únicamente en nuestra querida pero pequeña isla?
Sólo en el mundo con el cual soñó, para el cual vivió y por el cual luchó hay espacio sufi­ciente para él.
Más grande será su figura cuanta más injus­ti­cia, más explotación, más desigualdad, más de­sempleo, más pobreza, hambre y miseria impe­ren en la sociedad humana.
Más se elevarán los valores que defendió cuanto más crezca el poder del imperialismo, el hegemonismo, la dominación y el intervencio­nismo, en detrimento de los derechos más sa­gra­dos de los pueblos, especialmente los pueblos dé­biles, atrasados y pobres que durante siglos fue­ron colonias de Occidente y fuentes de tra­bajo es­clavo.
Más resaltará su profundo sentido humanista cuantos más abusos, más egoísmo, más enajena­ción; más discriminación de indios, minorías étni­cas, mujeres, inmigrantes; cuantos más niños sean objeto de comercio sexual u obligados a trabajar en cifras que ascienden a cientos de mi­llones; cuanta más ignorancia, más insalubri­dad, más in­seguridad, más desamparo.
Más descollará su ejemplo de hombre puro, revolucionario y consecuente mientras más polí­ticos corrompidos, demagogos e hipócritas exis­tan en cualquier parte.
Más se admirará su valentía personal e inte­gridad revolucionaria mientras más cobardes, oportunistas y traidores pueda haber sobre la tie­rra; más su voluntad de acero mientras más débi­les sean otros para cumplir el deber; más su sen­tido del honor y la dignidad mientras más perso­nas carezcan de un mínimo de pundonor humano; más su fe en el hombre mientras más escépticos; más su optimismo mientras más pe­simistas; más su audacia mientras más vacilan­tes; más su austeri­dad, su espíritu de estudio y de trabajo, mientras más holgazanes despilfa­rren en lujos y ocios el producto del trabajo de los demás…
Che fue maestro y forjador de hombres como él. Consecuente con sus actos, nunca dejó de ha­cer lo que predicaba… Nada para él era imposi­ble, y lo imposible era capaz de hacerlo posible.
… Sus ideas acerca de la revolución en su tierra de origen y en el resto de Suramérica, pese a enormes dificultades, eran posibles. De haberlas alcanzado, tal vez el mundo de hoy ha­bría sido diferente.
Un combatiente puede morir, pero no sus ideas. ¿Qué hacía un hombre del gobierno de Estados Unidos allí donde estaba herido y pri­sionero el Che? ¿Por qué creyeron que matán­dolo dejaba de existir como combatiente? Ahora no está en La Higuera, pero está en todas partes, dondequiera que haya una causa justa que de­fender. Los interesados en eliminarlo y desapa­recerlo no eran capaces de comprender que su huella imborrable estaba ya en la historia y su mirada luminosa de profeta se convertiría en un símbolo para todos los pobres de este mundo, que son miles de millones… Che está librando y ganando más batallas que nunca.

Fidel Castro
17/10/97. En: Granma, Nº 208 (fragmentos).
En: Boletín “Cátedra Che”, Nro. 6 – 1/11/97

Ricardo Napurí / FORMADO POR SILVIO FRONDIZI Y COMPAÑERO DEL CHE

Nací en agosto de 1925. Mi madre era in­migrante argentina y mi padre criollo, un señor semipudiente de Lima, arruinado después por la crisis económica del Perú. Fui obrero mi­nero, muy temprano a los 11 años, y trabaja­dor de una fábrica de lino.
En 1943 entré a la fuerza aérea peruana porque la universidad era paga y no tenía medios para pagarla. El 3 de octubre de 1948 se produjo un levantamiento de la marinería de la izquierda aprista y sectores obreros apris­tas. Yo era jefe de una escuadrilla de aviones y me ordenaron bombardear a los insurrectos. Me negué. Me sometieron a Consejo de Guerra y me deportaron.
Opté por la Argentina. Fui a la facultad de Derecho a preguntar si podía ingresar a la ca­rrera. Hacía pocos días se había producido el golpe de Odría y los alumnos me pidieron que les explicara lo que pasaba en Perú. Al salir de esa charla me esperaban tres tipos de la sección especial de la Policía Federal. Me llevaron para que explicara qué hacía yo con los opositores. Había una controversia entre la universidad y el movimiento obrero.
El maestro Silvio Frondizi
Un pariente fue al estudio de los hermanos Silvio y Arturo Frondizi y encontró a Silvio. Me sacó justo cuando me iban a deportar de nuevo a Perú. Ingresé al grupo Praxis y recibí una formación casi personalizada de Silvio Frodizi. Praxis era más que nada un grupo de reflexión y formación, pero yo quedé como el “activista” del grupo. Había 30 ó 40 mil latino­americanos estudiando y trabajando aquí y mi tarea era contactarlos.
Era secretario general de la interna de La Razón en enero del 59 cuando fui a Cuba junto con Latendorf y la madre del Che. Nos encontramos con el Che. Si veía que uno coincidía con sus planteos, inmediatamente lo comprometía en sus proyectos para impulsar las guerrillas y movimientos insurreccionales en América Latina.
El Che y la Revolución Cubana
Eran jóvenes como uno que habían to­mado el poder, era la primera vez que en América latina un grupo de jóvenes tomaba el poder en una revolución que después derivaría hacia el socialismo. Había un respeto inmenso. Cuando uno discutía con él se encontraba con que a veces, ante las primeras reacciones nega­tivas del Che, uno capitulaba. Pensaba: “Han hecho la revolución, ¿no será que tienen más razón que cualquier posición teórica?”. Tam­bién estaba John William Cooke junto a él en ese momento, que era un hombre con gran formación política y creo que le sucedía lo mismo.
Entre los años 60 y 64 estuve pegado a la idea del foco, recién en 1965 elaboré mis discrepancias. “No es que no debiera haber gue­rrillas —decía yo— sino que las guerrillas de­bían responder a las decisiones políticas de un partido que, a su vez, por ser revolucionario debía expresar los intereses del proletariado y de las masas populares”. En Perú, De la Puente Uceda mantuvo la idea del foco, la llevó adelante y fue rápidamente derrotado en 1965. El Che no aceptaba el esquema que planteábamos. Nos integramos en una organi­zación que se llamó Vanguardia Revoluciona­ria que creció hasta un punto que fue determi­nante en la creación de una central obrera, de las federaciones mineras y campesinas, de la federación metalúrgica, fuimos un sector fuerte del movimiento estudiantil… Éramos una or­ganización fraterna con Cuba, pero con disi­dencias.
Es sorprendente que un joven que no hu­biera tenido formación económica haya sido presidente del Banco de Cuba, y que le hubie­ran encargado la organización de la economía socialista. Afrontaba un problema de la época: su única referencia era la de los países llama­dos socialistas, de los que Cuba empezaba a depender a partir del bloqueo y de las relacio­nes económicas, de tal manera que el com­promiso económico trajo un compromiso polí­tico progresivo, discutido, peleado… Pero el Che comenzó a tener diferencias con la con­cepción burocrática. Cuando levantó la con­cepción de los estímulos morales en la cons­trucción del socialismo, y la supresión de la ley del valor, se encontró con la losa impenetrable de Bettelheim, del COMECON, de Rusia, de los teóricos al servicio de Moscú, etc., etc. Yo sabía, por la literatura trotskista y por mi for­mación, que en la URSS no se construía el so­cialismo. En última instancia, quienes asumían una posición crítica capitulaban ante la idea del socialismo real y en ese posibilismo del so­cialismo real se alineó casi toda la izquierda mundial.
Trotsky en La Habana
Según Hilda Gadea, en Guatemala empezó a leer a Marx y algo de Lenin, a Trotsky no. No había leído a Trotsky. Lo comenzó a leer en Cuba. (…) Después de mucho buscar por La Habana encontré La revolución permanente y se lo llevé. A los quince días me llamó, tenía el libro todo subrayado y me dijo que Trotsky te­nía razón, que su pensamiento era coherente “pero es muy tarde para mí”. Él no había transitado esa educación marxista de izquierda, se había formado con esa capacidad genial que tenía de una manera despareja. Había en­tendido el protagonismo de la clase obrera y el carácter permanente de la revolución, pero me dijo: “Ya es muy tarde para mí porque yo no tuve esa escuela y sin embargo me fue bien con lo que aprendí con Fidel”.
En el libro El año que estuvimos en nin­guna parte sobre el tiempo que el Che estuvo en el Congo, dicen que a sus compañeros les llamó la atención que leyera tanto a Trotsky. El doctor Alvarado, que era dueño de una clínica donde él estuvo internado dos meses en La Paz para preparar la guerrilla, me contó que el Che tenía diez o quince libros de Trotsky que los devoraba. Creo que era evidente que bus­caba una perspectiva histórica y una concep­ción estratégica particular cuando encontró la muerte.

En: Luis Bruschtein. “La revolución es un sueño eterno”. Página 12, 5 de enero de 1997.
En: Boletín “Cátedra Che”, Nro. 13 – 16/5/98

LA REALIDAD AMERICANA

Hace 30 años, en 1966, después de haber estado en nin­guna parte, un hombre prepa­raba la memoria y la espe­ranza para que la vida volviera a América… Su nombre y su re­cuerdo fueron enterrados por los sepul­tureros reiterados de la historia. Para algunos se llamó Er­nesto y se apellidó Guevara de la Serna. Para nosotros fue y es el che…
Ciudadano del mundo, Che recuerda lo que ya sabía­mos desde Espartaco y que a veces olvidamos: la humani­dad en­cuentra en la lucha contra la in­justicia un escalón que la eleva, que la hace mejor, que la con­vierte en más humana.
Tiempo después la memoria y la esperanza le tomaron la mano para escribir en su carta de despedida: “Un día pa­saron preguntando a quién se debería avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supi­mos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). (…) Otras tie­rras del mundo reclaman el con­curso de mis modestos esfuer­zos”. Y entonces el Che si­guió su camino.
Al despedirse, por decir “hasta luego”, el Che decía “hasta la victoria siempre” como quien dice “nos vemos al rato”…
Hace 29 años, el Poder nos dijo que la historia había termi­nado en la quebrada del Yuro. Dijeron que la posibilidad de una realidad diferente, mejor, fue destruida. Dijeron que la re­beldía terminó.
¿Terminó?
Una rápida ojeada a la prensa de estos días puede ayu­dar­nos a responder…
Hace 30 años el Che soñaba y repetía el sueño de una rea­li­dad transformada, nueva, me­jor. El sueño de la rebel­día. Ese sueño atravesó el tiempo y las montañas y se repi­tió de nuevo, igual pero diferente, en las montañas del su­reste mexi­cano. El sueño que hoy nos convoca es ruptura y continuidad con ese sueño del Che Guevara, así como su sueño fue rup­tura y con­tinuidad de ese otro sueño que des­veló por igual a Simón Bo­lívar y a Manuelita Sáenz. En 1816, Simón Bolívar y Manue­lita Sáenz desvelaban el an­helo de una América unida. La his­toria que vende el Poder nos en­seña que el fértil desvelo que li­beró Colombia, Ve­nezuela, Ecuador, Perú y Bolivia se truncó años después por las fronteras que con sus muros frag­mentaron el sueño boliva­riano. ¿Se truncó?
… Los autores intelectuales del delirio que nos convoca, los locos que se atrevieron antes que nosotros a soñar nuestro an­helo son: Manuelita Sáenz, Simón Bolívar, Ri­cardo y Enri­que Flores Magón, Emiliano Za­pata y Ernesto el che Guevara.
180 años, 85 años, 80 años, 30 años después, somos y no somos los mismos.
Somos el final, la continua­ción y el comienzo…
Somos seres humanos ha­ciendo lo que debe de hacerse en la realidad, es decir, so­ñando.
Pero se me ocurre ahora que lo más importante de so­ñar en la realidad es saber qué es lo que termina, qué es lo que continúa, y, sobre todo, qué es lo que comienza…
El gran Poder mundial no ha encontrado aún el arma para destruir los sueños. Mientras no la encuentre, segui­remos so­ñando, es decir, seguiremos triunfando…

Subcomandante Insurgente Marcos
La Realidad Americana, abril de 1996 (fragmentos).
En: Boletín “Cátedra Che”, Nro. 18 – 20/6/98

 

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