20/04/2018 en 20:29 | Publicado en 06) Informaciones para lectores | Deja un comentario

La reputación, el nombre y la apariencia, la medida y el peso habituales de una cosa, aquello para lo que cuenta, al principio casi siempre erróneo y arbitrario… todo esto crece de una generación a otra, meramente porque las personas creen en ello, hasta que poco a poco pasa a formar parte de la cosa y se convierte en su cuerpo mismo. Lo que al principio era apariencia acaba convirtiéndose, casi invariablemente, en la esencia y lo real como tal.
FRIEDRICH NIETZSCHE

Del libro “Los Balcanes” de Mark Mazower

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Yrigoyen, Sandino y el panamericanismo

25/01/2018 en 21:24 | Publicado en 06) Informaciones para lectores, 09) HGO: Notas y artículos | Deja un comentario

De Luis C. Alen Lascano

Introducción: Cap. 2 ” De la Unión Americana al Panamericanismo”

Las aspiraciones iniciales de los libertadores americanos tuvieron netos objetivos de emancipación total, es decir, buscaron en los campos de batalla obtener la soberanía de sus países como un modo de organizarse en libertad política. En muchos casos se dejó de lado el enfeudamiento económico, ventajas comerciales equivalentes a un monopolio imperial, sin advertir la falacia de edificar nacionalidades dispersas donde antes existía una sola patria hispanoamericana. De todos modos, lo que no pudo vislumbrarse en la fragua belicosa del momento, constituye un leve pecado de omisión frente a las graves declinaciones en la soberanía provocadas o toleradas por la generación sucesora, y su encandilamiento europeizante.

Corolario de estos primeros idealismos independientes fue la concreción de un verdadero cuerpo pragmático de doctrina jurídica sobre las soberanías nacionales, comenzando a nivel internacional por la convocatoria bolivariana, y cuyas principales diferencias con el monroismo estadounidense estableció en un enjudioso estudio el ex-prresidente argentino Saenz Peña. “Si se fija la atención en la invitación de Panamá -escribió en 1897- se verá que ella estatuye como principio universal, contra cualquier nación extranjera, la fórmula de la no intervención, en tanto que Monroe solo la concibe contra cualquier nación europea”.

Poco a poco, los años siguientes demostraron los fundamentos de las previsiones libertadoras al irse cambiando el concepto de la unión americana y tornarse imposible el bello principio confederativo del período inicial. Los convenios y pactos sancionados por el primer Congreso en 1826, debieron prolongarse en una nueva reunión diplomática convocada en México. Iba a ser la continuación de Panamá, pero sucesivas convocatorias en 1831 y 1840 fracasaron ante la conflictiva situación planteada por la separación de Texas y la política anexionista norteaméricana.

En 1847 el Perú retomó la idea fundacional, reuniéndose el primer Congreso de Lima para proyectar un nuevo programa confederacionista aunque para ese entonces México era vencido en la guerra con Estados Unidos, la Argentina soportaba el bloqueo anglo-francés, los ingleses se hallaban establecidos en Belice, y nuevas expediciones conquistadoras se armaban en Londres contra Nicaragua y Colombia. El fracaso del Congreso era inevitable en esas trágicas circunstacias.

Las repúblicas americanas debieron librar nuevos combates por su independencia en el terreno diplomático o militar, muchas veces solas, pues las distancias, problemas internos o falta de recursos, impidieron la acción conjunta, cuando no, el sabotaje definido de oligarquias gobernantes ligadas a las grandes potencias, mantuvo la separación exprofeso dentro del continente, entre el mutismo cómplice de la “Dotrina Monroe”. Algunos pocos tratados y otros pálidos intentos de aproximación fracasaron esos años.

Entre diciembre de 1864 y marzo de 1865 reunióse el segundo Congreso de Lima, esta vez acuciado por el ataque de una escuadra española a las Islas Chinchas, seguido de incursiones armadas al Pacífico. Estaba fresca la aventura imperial francesa en México y el coronamiento de Maximiliano. Y en tales instancias, con el argumento de tratarse algo inherente a las naciones del Pacífico que no incumbia a la Argentina, el gobierno del presidente Bartolomé Mitre dió la nota discordante en el cuadro de la solidaridad continental.

Mientras Domingo Faustino Sarmiento, en funciones diplomáticas declaraba que “las repúblicas sudamericanas pertenecen a la comunidad de los pueblos crisitianos regidos entre sí por el derecho de gentes”, hacía oir una crítica elocuante a la actitud oficial argentina, “Si los extravíos de sus propios gobiernos -quejase ante la falta de adhesión al Congreso limeño- o las pretensiones de los extranjeros, ponen en duda su existencia política, o ven atropellada su dignidad como nación, entonces es que recuerdan que todos los Estados hispanoamericanos son vástagos de una misma familia, que sus intereses son comunes, y que necesitan en su debilidad, entenderse entre sí o fijar derechos sociales, estableciendo un derecho internacional, un derecho americano. Se palpa entonces la necesidad de un Congreso continental -replicábale a Mitre- que poniendo de acuedo a éste y otros objetos, a éste y otros objetos, a los gobiernos y a los pueblos de diversas secciones, presenten a la América ante las naciones europeas, fuerte en su unión, en un todo compacto de intereses y de principios”.

En las antípodas del americanismo, Mitre había declarado no aceptar “la pamplina del Congreso americano en Lima” al consierarlo movido por “el odio a la democracia nortemaericana”. Heredero y admirador de Rivadavia, el nuevo presidente argentino se colocaba casi en su misma línea internacional: si áquel por enemistad con San Martín y suspicacias con Bolívar estuvo contra el Congreso de Panamá, éste se pronunció frente a los acuerdos de perú, satisfecho porque “la acción de la Europa en la Replública Argentina ha sido siempre protectora y civilizadora”. Y así, por segunda vez dejamos de participar en la empresa común de la Patria Grande.

Estas contigencias trajeron de a poco, una modificación del concepto primigenio de la unión americana. Se abjuraba del americanismo como entidad distintiva en el plano universal, y eran expresivas las palabras del canciller Rufino de Elizalde al sostener: “La América independiente es una entidad que no existe, ni es posible construir por combinaciones diplomáticas”. Todas las referencias apuntaban, en verdad, a desmembrar la América de filiación hispánica para reemplazar más tarde el concepto de las relaciones continentales, por la noción del panamericanismo; es decir, la existencia de tres Américas diferentes bajo el liderazgo hemisférico de los Estados Unidos.

Los buenos resultados de la guerra con México habían proporcionado seis nuevos estados al engrandecimiento norteamericano. Adquiridas Luisiana y las Floridas, anexado Oregon, comprada Alaska a Rusia, las miras de los políticos yanquis se enderazaban hacia Cuba y el control absoluto de Centroamérica. La expansión capitalista, consecuencia del triunfo industrial norteño sobre el sur esclavócrata y pastoril en la guerra de secesión, llevaba al imperialismo por una ley inelutable del crecimiento económico, base y complemento de toda hegemonía. En la Cámara de Representantes, James Blaine enunció esas miras: “Los Estados Unidos suplantando a Europa, se convertirán en el proveedor industrial de las naciones agrícolas de América Latina”.

Por razones de proximidad y baratura la nueva colonización yanqui se estableció en América Central. Era más fácil y menos riesgoso, pues la competencia británica podría resultar peligrosa en el extermo sudamericano. Asi quedaron dos áreas perfectamente delineadas de influencia económica, política y colonizadora, y como bien dice Carlos Ibarguren, “a partir de entonces, acentúase la gravitacion de los Estados Unidos allí donde los teorizadores de la geopolítica localizan el Mediterráneo americano”. El petróleo mexicano, las materias primas del Caribe, constituían el gran depósito de los Estados Unidos que convirtieron la región en una mediterráneo propio.

Recien cuando se afianza ese dominio, unas veces por la corrupción venal de los propios gobernantes, otras por la corrupción venal de los propios gobernanates, otras por los ardides de la diplomacia sibilina, las más debido al poderío militar, buscan los Estados Unidos articular ese alineamiento político tras una justificación legal y un sistema permanenten en el orden internacional. Y nace el Panamericanismo como un régimen de alianzas hamisféricas supeditadas al interés norteaméricano, tendiente a ser institucionalizado en nombre de la solidaridad continental.

El suicidio de los bárbaros

04/01/2018 en 21:51 | Publicado en 06) Informaciones para lectores | Deja un comentario

La civilización feudal, imperante en las naciones bárbaras de Europa, ha resuelto suicidarse, arrojándose al abismo de la guerra. Este fragor de batallas parece un tañido secular de campanas funerarias. Un pasado, pletórico de violencia y de superstición, entra ya en convulsiones agónicas. Tuvo sus glorias; las admiramos. Tuvo sus héroes; quedan en la historia. Tuvo sus ideales, se cumplieron.
Esta crisis marcará el principio de otra era humana. Dos grandes orientaciones pugnaron desde el Renacimiento. Durante cuantro siglos las casta feudal, sobreviviente en la Europa política, siguió levantando ejércitos y carcomiendo naciones, perpetuando e innovadora, a duras penas respetada, sembró escuelas y fundó universidades, esparciendo cimientos de solidaridad humana. Por cuatro centurias ha vencido la primera. Príncipes, teólogos, cortesanos, han pesado más que filósofos, sabios y trabajadores. Las fuerzas malsanas oprimieron a las fuerzas morales.
Ahora el destino inicia la revancha del espíritu nuevo sobre la barbarie enloquecida. La vieja Europa feudal ha decidido morir como todos los desesperados; por el suicidio.
La actual hecatombe es un puente hacia el porvenir. Conviene que el estrago era absoluto para que el suicidio no resulte una tentativa frustrada. Es necesario que la civilización feudal muera del todo exterminada irreparablemente. ¡Que nunca vuelvan a matarse los hijos con las armas pagadas con el sudor de sus padres!
Una nueva moral entrará a regir los destinos del mundo. Sean cuales fueren las naciones enceguedoras, las fuerzas malsanas quedarán aniquiladas. Hasta hoy fué la violencia del cartabón de las hegemonías políticas y económicas; sobre la carroña del imperialismo se impondrá otra moral y los valores éticos se medirán por su Justicia. En las horas de total descalabro ésta sola sobrevive siempre inmortal…
Aniquiladas entre sí las huestes bárbaras, dos fuerzas aparecen como núcleo de la civilización futura y con ellas se forjarán las naciones del mañana: el trabajo y la cultura. Cada nación será la solidaridad colectiva de todos sus ciudadanos, movidos por intereses e ideales comunes. En el porvenir, hacer patria significará armonizar la aspiraciones de los que trabajan y de los que piensan bajo un mismo retazo de cielo.
Las patrias bárbaras las hicieron soldados y las bautizaron con sangre; las patrias morales las harán los maestros sin más arma que el abecedario. Surja una escuela en vez de cada cuartel, aumentando la capacidad de todos los hombres para la función útil que desempeñen en beneficio común. El mérito y la gloria rodearán a los que sirven a su pueblo en las artes de la paz; nunca a los que osen llevarlo a la guerra y a la desolación.
Hombres jóvenes, pueblos nuevos: Saludan el suicidio del mundo feudal, deseando que sea definitivamente la catastrofe. Si creéis en alguna divinidad, pedidle que anonade al mounstro cuyos tentáculos han consumido durante siglos las savias mejores de la especie humana.
Frente a los escombros del pasado suicida se levantarán ideales nuevos que habiliten para luchas futuras, propicias a toda fecunda emulación creadora.
No basta poseer surcos generosos; es menester fecundarlos con amor y sólo se amará el trabajo cuando se recojan integralmente sus frutos. Pero tenemos algo más noble, que espera la semilla de todo hermoso ideal: una tradición de luz y de esperanza. Los arquetipos de nuestra historia espiritual fueron tres maestros de escuelas: Sarmiento, el pensador combativo; Ameghino, el sabio revelador; Almafuerte, el poeta apostólico.
Mientras rueda al ocaso el mundo de la violencia militar y de la intriga diplomática, inspirémonos en sus nombres para prepararnos al advenimiento a una nueva era; procuremos ser grandes por la dignificación el trabajo y por el desarollo de las fuerzas morales. Y para no ser los últimos, emprendamos con fe apasionada nuestra elevación en la historia de las razas: la renovación de nuestros ideales en consonancia con los sentimientos de justicia que mañana resplandecerán en el horizonte.

José Ingenieros. “Los tiempos nuevos”.– Editorial Tor, 1956.

La farsa neodesarrollista y las alternativas populares en América Latina y el Caribe

28/10/2017 en 15:24 | Publicado en 06) Informaciones para lectores | Deja un comentario

Ficha técnica:
Féliz, Mariano
La farsa neodesarrollista y las alternativas populares en América Latina y el Caribe/ Mariano Féliz, comp.; María Orlanda Pinassi, comp..– 1ºed.– Buenos Aires: Herramienta, 2017.
272 p.; 22×15 cm.

ISBN 978-987-1050-54-8

CDU: 330.34(8)
ECONOMIA – AMERICA LATINA

Festejo del Cumple de la Biblioteca de niños!

06/10/2017 en 19:29 | Publicado en 06) Informaciones para lectores | Deja un comentario

Cumple 6

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